Puntos de fuga, puntos de desgarro

Puntos de fuga, puntos de desgarro

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Nos encontramos ante un libro inclasificable, total, propio. Una obra que demuestra una maestría, un dominio de los géneros pocas veces conseguido. En Puntos de fuga (Cuaderno de Alemania) se vislumbra una voz potentísima, desgarradora a veces como iluminadora. No es un libro de poemas, no es una novela, no es un libro de aforismos, ni un diario o unas confesiones, ni tampoco un texto dramatúrgico o unos cuadernos a modo de “carnets” como el de Albert Camus sobre el proceso creativo. Este libro no es un solo libro de todos esos géneros y a la vez lo es de todos. Este libro es el equilibrio, la armonía, unión de todos esos géneros en uno solo. Con esta obra Rosa Romojaro (a quien acaban de distinguir con la Medalla del Ateneo de Málaga 2021, uno de los galardones más importantes de la ciudad) no solo ratifica que es una de las voces más valiosas de su generación y de las más destacadas de la segunda mitad del siglo XX y de la actualidad. En estas páginas, además, la autora ha superado todas las fronteras literarias para crear sus propias fronteras ilimitadas. Es, con toda seguridad, uno de los mejores libros publicados en los últimos años.

Tras un breve prólogo en el cual la autora andaluza explica los vértices vitales y literarios de este volumen (palabras necesarias para comprender la magnitud de la obra), el libro se divide en tres partes que dialogan en un continuum cíclico no explícito, latente. Las tres partes son, respectivamente, “Acaban los 80. Trozos de papel para unir trizas”, “En los 90. El descenso de la casa del cielo (la catábasis) al infierno del asfalto y de las vanidades: Notas de huidas” y, por último, “Entrados los 2000. De los lugares del desengaño a la vuelta (la anábasis) al origen. Señales del regreso”. El hilo conductor trata de una de las etapas más problemáticas de la poeta que, al mismo tiempo, resulta la más productiva a nivel creativo y académico. Abandonar un piso el cual tenía como terraza el llano del apartamento contiguo que no se pudo construir por motivos legales y que, por tanto, a esas alturas, suponía una continua invitación a la contemplación de “los cuatro puntos cardinales”. En cambio, acabará por reconstruir una vida en otra casa de la que la promotora quebrará y esto conllevará el infierno interior de haber abandonado un paraíso perdido en la anterior vivienda frente al páramo de la nueva casa y el embargo. En el ámbito profesional, la evolución de la profesora de instituto que comenzará su andadura en la Universidad para ser, al final, profesora titular (y, con posterioridad, catedrática). También la evolución poética de la autora, que producirá una de las obras literarias más interesantes de nuestras letras. Por último, la personal tanto como madre, esposa y mujer, donde la familia, el deseo, el cuestionamiento de la identidad propia giran a lo largo de los párrafos como peonzas dubitativas y de cuyo sonido estas páginas se harán eco. Y, sin embargo, la propia poeta al describir todo esto nos indica el “agobio” que genera, “¿verdad?”. Totalmente. Aún más, si cabe, cuando todo ese marasmo vital ha podido originar estas páginas iluminadoras, desoladoras, de una calidad abrumadora.

En su interior, se encuentra una vida difícil, compleja que “no era Hiroshima, ni Vietnam, pero era su vida” (p. 23), con gestos muy particulares y propios como “utilizar cupones de la ONCE para señalar páginas en los libros” (p.16) o cómo estas páginas nacen de copiar papelitos en el “Cuaderno de Alemania” donde se da cuenta de que “los sueños de robo se repiten en mis sueños” (p. 42) y que bien podrían tener una lectura de Clave de los sueños de Artemidoro, gran experto de la oniromancia del medievo. Y es cierto cuando la autora habla de las repeticiones, las cuales construyen un tiempo cíclico del libro, rompiendo toda linealidad y, sin embargo, existiendo una línea temporal en la propia obra. Esto lo consigue con una amalgama potentísima de simbolismos, imágenes, metáforas. Por ejemplo, la reiteración de la brisa, que encontramos al principio cuando dice “nunca pude resistirme a un golpe de brisa que entrara por la ventana” (p. 60) y que luego vuelve en otros momentos, con una belleza y brutalidad, como “llorar ante la pura hermosura de la vida cuando siento la brisa y el horizonte amplio” (p. 214) o, también luego, “La brisa de las siete de la tarde. [Quisiera venir todos los días.]” (p. 248). La brisa como sinónimo de vida, una vida de la cual la huida, escapar de uno mismo, se vuelve un modo de encuentro: “Salir, no dejar de salir, para salir de uno mismo” (p. 35), “Nuevamente salir para salir de mí” (p. 199). Y en este sentido, análogamente el hogar, la playa, la Facultad, los alumnos, lugares como Málaga, Madrid, Ronda o personajes y sitios como un taxi, el taxista frente al vecino, etc. Una gran variedad de simbolismos que bailan y se relacionan entre ellos con una precisión cirujana (también lo hará con la enfermedad, el quiste que, tras su extracción, cuando el deseo tome lugar, en el sexo, se sentirá el interior “más amplio”). En otro momento, las llaves ocupan su posición lírica pues la autora en el comienzo del libro nos dice que dejó “las llaves en la reja y al recogerlas estaban heladas” (p. 60), lo cual enlaza el frío con “el vaho húmedo y denso de la tristeza ante las cosas” (p. 25) para que después las llaves vuelvan: “Encontrar la llave a la primera en el bolso” (p. 224).

Así con tantísimas cuestiones como, por ejemplo, el proceso creativo (hay poemas en el libro y “prepoemas”, esbozos del poema resultante) o con un anecdotario diverso, riquísimo y, en muchos momentos, divertidísimo, de espacios y coloquios cotidianos: “Recordar el incendio antes de llegar a Estepona: una chica dijo: ‘Tengo un pipí que podría apagarlo’” (p. 68). Por último, en un momento cuenta cómo sale en el Telediario que, en una casa, entre el techo y el tejado del piso superior, vivían murciélagos que, hasta entonces, y como algo positivo, según los dueños, solo se comían a los mosquitos (p. 52-53), pero, al aparecer otros insectos y gusanos…, deciden tapar la entrada, y relaciona la pérdida del hogar de los murciélagos con su experiencia de la pérdida del hogar, empatizando con ellos.

En resumen, es un libro completo, riquísimo en imágenes, indagaciones, simbolismos, sutilezas que bien podrían dar para un estudio pormenorizado. Un libro que he releído tantísimas veces que ni recuerdo y en el cual siempre se encuentra algo nuevo. Porque si bien “llega un momento en que uno sabe lo que es la vida, lo que es la muerte” (p. 194), estas páginas están repletas de esa vida y muerte, de esa brutalidad vital que suponen estos puntos de fuga: puntos universales de la brutalidad de la vida, lector, de tu vida.

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