Que me regalen un gato

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos somos Teresa”.

Ya no quisiera estar sola, tengo mucho de qué hablar y necesito hacerlo con un cómplice. Cualquier otro tipo de relación no es apta para ello, sabrán mi parte más oscura; por eso, sólo puedo charlar con un confidente, cuando me escuche se impregnará de mis pecados y al saberlos serán parte de él. Te pones en sus manos, le dices donde enterraste el “cadáver” y, pase lo que pase, cada día que no te delata supones que te ama.

Ya no quiero estar sola. Aunque me valgo por mí misma y hago mis cosas, a veces quisiera que alguien hiciera algo por mí; que me trajera mi comida favorita, dijera mi nombre, me regalara un libro, un prendedor de pelo, un osito. Ya soy una mujer adulta, pero tocar algo suave es placentero, hasta el cerebro se reconforta.

Si pudiera tener aquí un gato sería aún mejor, pero no es posible por muchas razones, entre ellas, que este no es un lugar adecuado; aunque un obsequio vivo es algo que cuidaría con toda la ternura que nunca he usado, pero que conservo y aún no estreno, así que debo tener mucha y nuevecita… Bueno, una vez le eche agua en un tazón a un perro callejero; hacía mucho calor, y se veía sediento, con la lengua de fuera y jadeando, pero nomás esa vez, ya no lo volví a ver, ni volví a sentir ganas de dar agua, menos a alguien…

No tengo a nadie. Lo peor es que sí tengo, pero ellos no quieren saber de mí, y contar con alguien es una decisión, pero de la otra persona, no de uno, por eso no tengo a nadie.

Ya no quiero estar sola. Antes no me importaba tener una pareja, no lo necesitaba, sabía lo que todos querían y como nada me contenía, se los daba. No me ponía difícil. Muchas veces me sentí obligada; pensaba, este se quiere acostar conmigo, sin flores o halagos de por medio, pero para que me hago del rogar, mi mami me enseñó que no soy la gran cosa, y mis padrastros, uno a uno, para lo que servía mi cuerpo, y que por más que pataleara y rasguñara, siempre me vencían. Era una niña, estaba chiquita, después una jovencita, ahora una mujer y la sensación prevalece.

Aquí se lee mucho. He comprendido eso de la autoestima, lo de poner límites y aquello de los padres violentos u omisos. También he leído sobre el daño que hace la cultura machista. He mejorado mi hablar y mi ortografía. Comprendo bien lo que me ha pasado y las razones de mis actos, porqué mi familia era así, y veo mi potencial y valor como ser humano. Esas lecturas lo
explican todo… Por eso sospecho que esto de leer, es una forma de tortura.

En fin, ya no quiero estar sola, aunque yo creo que hay mujeres que atraen el amor, y otras que nomás atraemos que nos usen y desechen; ni modo, así es todo, hay ricos y hay pobres, hay felices y hay infelices, hay amor y hay quienes nunca hemos oído nuestro nombre seguido de un “te amo”. Nunca lo he oído, ¡palabra! Ya no quiero estar sola, pero va a estar difícil, lo sé. Nomás estoy diciendo lo que ya no quiero.

Me acuerdo de aquella vez. No era para tanto, pero yo a veces nomás ocupaba poquito para llenarme de furia. Esa noche, nomás era meterte, agarrar y vámonos, pero la vieja se despertó, se dirigió mí y me dijo: “Muchacha, no tengo nada de valor, soy una anciana, piensa en tu mamá”. ¡Híjole!, ¿para qué habló la mujer?, el Willy y yo nos miramos, nos reímos y por dentro sentimos la oportunidad de sacarlo todo, ¡todo! El Willy dijo: ¡a mi mamá no la meta! La insultó y le dimos con el martillo y con una lámpara que estaba ahí, cada vez más recio hasta que se nos salió el diablo, ese diablo que hizo que mi mamá fuera a la tienda cada que mis padrastros traían ganas, y ese diablo que se llevó a la mamá de los Willys y los dejó con su abuela, la que les pegaba con un cinto mojado hasta por respirar.

Pero íbamos tranquilos, sólo era meterte, agarrar y córrele; ella tuvo la culpa, ¿para qué nos habló?, ¿para qué nos recordó a nuestra madre? ¿Qué no pensó que si hubiéramos tenido una buena mamá que nos cuidara y amara, no andaríamos en la noche robando baratijas a viejitas como ella? Si se hubiera quedado callada, todavía estaría viva y yo no estaría aquí. Ella nos provocó por hablar.

Yo nomás sé que ya no quiero estar sola, quiero que alguien me vea a los ojos y diga mi nombre. Cada que lo diga sabré que se dirige a mí, que existo.

Se escucha una sirena de ruido sordo, molesto. Alguien le grita con la firmeza de esa superioridad adusta, de quien tiene en su poder la llave de la jaula donde habita un diminuto pájaro enjaulado: ¡Teresa! ¡Ya es hora de apagar la luz! ¡Lo sabes! Contadas y completas, mi comandante.

Ilustración: Marshiari Medina

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