¿Qué onda con el gato?

¿Qué onda con el gato?

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Ricardo J. García Gómez 

Tras los músculos contraídos, las articulaciones dobladas y movimiento de cola el gato saltó de un espacio a otro. Agazapado entre la oscuridad quedó suspendido entre lo real y lo imaginario, entre la vida y la muerte. Trenza de los mundos y los sentidos que le otorgan, se pasea con su ronroneo entre las historias de diversas plumas. Más de una vez se escapó de la lógica cuántica de Schrödinger, huyendo de la probabilidad de quedar desintegrado y vivo en el mismo espacio-tiempo cuántico. Maulló entre los corazones hasta ser preso de un individuo que terminaría ahorcándolo con una cuerda y al que acusaría frente a un grupo de policías por emparedar a su mujer. Juguete del país de las maravillas, donde su esencia se muestra dudosa de tanto sonreír. Gatito de Cheshire. Locura con sonrisa. Presencia interminable entre las letras de Amparo. La metáfora de un deseo. 

El gato, que tanto se menea entre los textos, ¿dónde está? No hablo de la imagen interna que el lector se hace de su figura a través de la narración. Tampoco del sentido otorgado por quienes escriben el texto. Hablo del cuerpo del gato, así como Ortega habló del yo de Goethe. No un yo que se configura entre lo personal y lo imaginario, sino un yo deconstruido, no narrado, un yo despojado: 

Como usted no es su hígado, sano o enfermo, no es usted tampoco su memoria, feliz o deficiente, ni su voluntad, recia o laxa, ni su inteligencia, aguda o roma. El yo que es usted se ha encontrado con estas cosas corporales o psíquicas al encontrarse viviendo. 

Preso de la circunstancia fluctúa entre las configuraciones culturales de quien le mira. Ausente de sí mismo. Pintado por el contorno, sin adornos y a un solo color. La mirada humana lo nutre de existencia, mientras le quita los huesos. El cuerpo del gato se diluye entre los verbos que le hacen saltar, atacar, fugarse de sí mismo. En sus ojos se pinta la soledad acompañada, el sentimiento de pertenencia y libertad. La comparación constante con el perro que lo hace materializarse en lo político. Inmerso en dicho campo queda sordo de tanto dialogar. Lo domestican, lo atan al cariño y calor humano del que nada necesita. Le piden hablar, y ponen sobre sus labios palabras de locura y acción. Próximo a la verdad, lo llenan de mitos y creencias. ¿Acaso algún día encontrará el cuerpo utópico del que habla Foucault? 

En la medida en que aparece entre las líneas del cuento, su cuerpo va dejando memoria que se incrusta con la experiencia de quien va leyendo el relato. La cercanía se hace presente, la empatía reacciona ante lo imaginado, incluso en las sombras de quien lo daña. ¿Cómo aparece el cuerpo del gato? “El cuerpo, fantasma que no aparece sino en el espejismo de los espejos, y, todavía, de una manera fragmentaria”, dirá Michel Foucault. Por pedazos va creando su propia historia de vida, su mundo a contar. El espejo desde el que se le mira es el pensamiento humano. Procesos que se configuran a partir de categorías y conceptos. Aprendizaje por modelos que se pelean entre sí. Reacciones de lo moderno empapadas de la actividad productiva realizada. Allí se corporiza, y cobra sentido existencial. El cuerpo que se muestra tranquilo y frágil también resulta obra arquitectónica en ruinas. Se le usa como herramienta para escapar del diván del psicoanalista, y encontrar de esta forma una nueva narración metafórica. Se vuelve metamorfosis de nudos emocionales, de deseos y angustias expresadas. En lo político, cuando deja de ser para sí, es cuando más se vuelve dueño de sí mismo: cuando deja de escribir los cuentos de los otros, y comienza a contarse el suyo propio. 

En el orden existente del cosmos, resulta rebote de una danza infinita de estados que se alteran y contraen. Fragmento infinitesimal de una orquesta eterna, donde su presencia es estética para los espectadores. No toca el piano o el violonchelo, sino que se vuelve esencia del producto musical creado. En este inmenso espacio que se estira, donde la estructura granulosa del espacio-tiempo crea un espejismo, se vuelve pieza indispensable para la memoria del universo. Es materia, tal como la entiende RovellI:

Por el momento, eso es lo que sabemos de la materia: un puñado de tipos de partículas elementales, que vibran y fluctúan de continuo entre el existir y el no existir, pululan en el espacio incluso cuando parece que no hay nada, se combinan entre sí hasta el infinito como las letras de un alfabeto cósmico para contar la inmensa historia de las galaxias, las innumerables estrellas, los rayos cósmicos, la luz del sol, las montañas, los bosques, los campos de grano, las risas de los niños en las fiestas, y el negro y estrellado cielo nocturno. 

Ser atemporal que se experimenta a sí mismo a través de los recuerdos. Su cuerpo, el verdadero cuerpo existe solamente en los inicios de lo que vendrá o en los finales de lo que pasó. Nunca es presente. Despojado de toda analogía es el cuerpo que pido, exijo y corporizo a través del presente texto. Ese espacio intersticial que se crea entre las historias que alberga el universo, es donde aparece y se corporiza el cuerpo del gato. ¿Dónde queda, entonces, el gato? Justo en la idea que justifica la existencia. Es la dislocación del vacío que evidencia el ser. El gato, su cuerpo, es la propiedad que permite la demostración del relato, del ser del relato. Es la presencia que deja entender la propia indeterminación de la existencia. Más allá de la fantasía, en sus confines infinitos, se esconde la realidad más verdadera: nos estamos contando y encontrando. 

El continente de nuestra vida, aquella idea formulada por Ortega se presenta como un hacer constante, un proyecto realizable. En esta planificación de la cual somos parte, es donde la corporalidad cobra sentido y pertenencia. La decisión constante de la proximidad que nos obliga a encontrar el plan delimitado de la realización propia. ¿Será acaso esta búsqueda la que nos lleva a sentir que el cuerpo del gato que navega por estos mundos de lo irreal y lo real, es el elemento que nos permite mayor cercanía con el estar? La sola presencia. El salto de un relato a otro, indefinidamente. 

Viajero del tiempo, que no paga boleto de ida o de vuelta, que se sitúa fuera de los límites imaginarios de la sociedad que se corporiza a través de nuevas producciones posmodernas: configuraciones subjetivas de nuestra cultura. Aparece en el muro de Chimal y una noche, cualquiera, se encuentra en el centro de Constantinopla. La abstracción efervescente del concepto, del ideal histórico que se construye sobre las ruinas de nuestra memoria: te mira, se aprende tus miedos y en el silencio de sus pisadas logra desprender algo de ti de lo que no te darás cuenta. ¿Cómo, si no, hablar de la deconstrucción? No como metodología, de lo que últimamente abunda; pronunciar deconstrucción tal como la presenta Jacques Derrida: una forma de acercarse y ver las disposiciones y las dicotomías. Una crítica a todo tipo de centrismo, tal como lo vendrá a desarrollar Paul Preciado en el texto en sí. 

En el orden de las relaciones y los contrapuestos, se busca descubrir e interrogar aquellas instituciones que se crean en el discurso y la actio, muy en el sentido que se tenía en la antigua Roma. Aquella relación existente entre el ius y la actio, que otorgaban un proceso jurídico a los ciudadanos, el fantasma, del que habla Preciado, se diluye y queda a la espera de una nueva narrativa histórica. La deconstrucción, que abre el espacio para aquel ronroneo, da la posibilidad de una nueva visualización para la interrogación de las producciones posmodernas que fragmentan al cuerpo del gato. 



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