Quémenlos a todos (los sostenes)

Quémenlos a todos (los sostenes)

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Si las y los primeros pobladores de la Tierra hubieran podido imaginar en qué se convertirían las pieles de animales que usaban para protegerse del frío, qué gracioso hubiera sido. Aquello que surgió en un algún momento de la historia por mera supervivencia, hoy es una de las industrias más grandes y millonarias de todos los tiempos, con rentabilidad futura asegurada al menos por unos cuantos siglos. Pero en lugar de obtenerse cazando, la ropa en la actualidad se teje, se cose, se pinta, se mancha y se cobra por limpiar; se compra en grandes tiendas departamentales o en tianguis y bazares, se vende como piezas coleccionables y de diseñador o se oferta en lotes por internet.

Como especie, la ropa ya parece ser inherente en nosotras y nosotros, comenzando por el hecho de que es difícil imaginarnos o a alguien más sin ella, excepto en situaciones específicas. Y mucho más allá de la función de supervivencia que aún conserva, la vestimenta ha adquirido el más grande poder que la humanidad ha sido capaz de otorgarle: el de diferenciarnos.

Las épocas, las culturas, las clases sociales, todos los ámbitos, han sido cruzados por el referente histórico de la ropa. Como herramienta principal para la presentación del cuerpo, ha adquirido un papel importante en la conformación de la identidad tanto de individuos como de grupos, ya que a través de ella es posible representar desde la preferencia por ciertas tonalidades hasta la inclinación por alguna postura ideológica. Incluso la ropa que se impone con la intención de hacer ver a todo mundo igual, como los uniformes de escuela o de trabajo, respeta una distinción que se perpetúa sin importar el tiempo y el espacio: la diferenciación de los sexos. 

Entre las prendas elaboradas “para hombre” o “para mujer” existen desemejanzas muy marcadas, que abarcan el corte, el color, la función, el material, entre otros. Hay algunas que obedecen las varianzas físicas generales, pero la mayoría de ellas cumplen un propósito de imposición del género, empezando por que todavía existen piezas cuyo uso se relacionan en exclusivo con el hombre o con la mujer. Tal es el caso del vestido o la falda en nuestra sociedad, cuyo número de usuarios masculinos es muy reducido.

El pantalón es un ejemplo de que la percepción de género en la ropa varía con el tiempo. Antes llegó a estar prohibido para las mujeres, pero la regla se fue aflojando poco a poco hasta que después de la Segunda Guerra Mundial su uso se volvió más generalizado. Aun así, a pesar de que al día de hoy es una prenda utilizada sin distinción en la mayoría de las culturas, los pantalones hechos con la intención de ser portados por mujeres tienen características que los hacen diferentes a los hechos para varones y cuyas ventajas son cuestionables. Entre ellas, que tienden a ser más ajustados y con bolsillos menos espaciosos, o incluso a no tener en absoluto (y si hay algo más cruel que la ausencia de bolsillos, es el engaño de los bolsillos falsos, muy comunes en los pantalones “para dama”).

Entre otros elementos de la vestimenta están los accesorios y los zapatos, vendidos en proporciones considerablemente mayores para el público femenino. En el mercado, existe un refuerzo constante de la idea de que a las mujeres les atrae más que a los hombres todo aquello que tenga que ver con la imagen, siendo éstas para la industria no solo de la ropa sino también del calzado y del maquillaje un nicho de ventas que se preserva y se motiva a base de la promoción de roles de género.

Pero la prenda que se ha vuelto el signo de la mujer por defecto es el sostén. Esta pieza de ropa interior lleva existiendo mucho menos de lo que podría pensarse, siendo apenas a principios del siglo XX cuando se popularizó su uso luego de que los corsés fueran demasiado incómodos para las actividades que las mujeres comenzaban a realizar. A pesar de ello, los brasieres siguen representando hoy lo mismo que sus antecesores victorianos hace más de cien años: un paño menor de propósito meramente estético, que se quiere hacer pasar por obligatorio pero que al final del día hace más daño de lo que lo ayuda.

Es cierto que el empleo de sostén conviene de vez en cuando y en determinadas circunstancias, pero su utilización diaria y continua, más por costumbre que por verdadero beneficio, trae consigo una lista de desventajas difíciles de ignorar, que van desde la incomodidad hasta el posible desarrollo de cáncer de mama, según buscan probar algunos estudios.

Desde que las niñas empiezan a desarrollar pechos se les impone el corpiño, enseñándoles a esconderse y sentirse apenadas de su propio crecimiento. Más tarde, se suman a la cantidad de personas que mantienen una relación de amor-odio con el brasier (si es que puede llamársela “amor” en algún afortunado caso), usándolo día con día y habituándose al dolor y la molestia, esperando a que llegue el momento de desabrocharlo y lanzarlo por ahí. He escuchado a muchas describir esa sensación de “sentirse libre”, lo que me parece más bien triste. ¿No merecemos sentirnos libres todo el tiempo? ¿Qué significa que el símbolo de la feminidad contemporánea sea al mismo tiempo algo que lastima su propio ser? No es coincidencia que la idea de la mujer se ligue con la del sufrimiento; los dos conceptos han estado unidos por un largo y penoso tiempo.

Cuando se quema un sostén en alguna marcha feminista, no solo se quema una pieza de ropa interior, se quema todo un mundo de imposición de ideas sobre los cuerpos sexuados, se quema un sistema que nos ha enseñado que ocultar la naturalidad y acostumbrarse al dolor está bien. Y el mismo valor que se requiere para quemarlo se requiere para dejar de usarlo, porque ir contra todo lo que hemos aprendido sobre la forma en que “deben” estar, sentirse, mirarse nuestros senos no es algo que para todas las personas se consiga de la noche a la mañana. No obstante, la destrucción de nuestras prisiones, sin importar su forma, en cualquier clase de lucha e independiente a la hora y el lugar, es un verdadero paso al frente hacia la libertad.

Es un hecho que las y los humanos seguiremos usando prendas de vestir por un largo rato. Es más, no creo que lleguemos al fin del mundo sin ellas. Pero no sé qué tanto de vida le quede a la división binaria de la ropa en general. Hoy ya existen muchas más opciones que se adecuan a la diversidad de identidades y permiten a los distintos cuerpos explorar formas, tamaños y texturas. Sin embargo, puede que la ropa con etiqueta “para hombre” y “para mujer” no desaparezca en un buen tiempo, arrastrando a la interpretación automática de la identidad de género con ella. Aun así, pensar en cuestión de atuendos de mujer o de hombre no es malo, mientras nos abramos a la posibilidad de que las prendas como las personas pueden fluir y en cualquier instante cambiar, como sucedió con el pantalón, o hasta desaparecer, como (¿por qué no?) ocurrirá con el sostén.

 

 

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One thought on “Quémenlos a todos (los sostenes)

  1. Hola Priscila me hiciste recordar las marchas de los años setenta cuando en protesta las mujeres quemaban lis brasieres por ser una prenda impuesta por el patriarcado y como fetiche sexual de los varones. Si buen sabemos la ropa interior femenina está diseñada para el goce y placer masculino. Cómo las marcas millonarias de Victoria Secrett. Creo que hay alternativas más sanas y libres para que las mujeres veamos al sistema como propi o, no impuesto y podemos retornar a vestuarios cómodos y libres. Saludos cordiales.

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