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-¿Ese soy yo? -pensó Matías, estupefacto.

Ya no le importaba en lo más mínimo el escenario que tenía frente a él. Los restos de aquel accidente automovilístico, que se había cobrado una víctima fatal, ya no tenían ninguna importancia para él, al haberse visto a sí mismo en la vereda de enfrente, entre todos esos espectadores.

Esa visión no duró mucho, pues aquel individuo igual a él no tardó en confundirse, y en desaparecer, entre la multitud que se había reunido para ver lo que había quedado del pobre peatón atropellado. A pesar de lo común que se habían vuelto esa clase de accidentes en el pueblo durante ese último tiempo, la gente no perdía el interés en ellos. Con excepción de Matías.

Él solo pudo pensar en ese sujeto durante toda esa semana. No había error: ese hombre era exactamente igual a él, y eso lo perturbaba. Hubo días en los que, por medio segundo, creyó haberlo visto de nuevo.

¿Se estaría volviendo loco? ¿Por qué le afectaba tanto lo que había visto?

Entonces, 7 días después, ahí estaba otra vez. Tenía la misma expresión imparcial en el rostro que aquel día. Caminaba muy aprisa.

Sin dudarlo, Matías siguió al misterioso sujeto, que tanto lo había desconcertado, por horas, sin alcanzarlo.

El perseguido, en ocasiones, volteaba para ver su perseguidor, solo para seguir avanzando sin cambio alguno, como si nadie estuviera detrás de él, lo cual aumentaba la obsesión de Matías por estar cara a cara con ese tipo.

Tan hipnotizado ya estaba con esa visión que, para cuando se dio cuenta, el auto ya lo había golpeado fuertemente, matándolo al instante.

El revuelo de curiosos no se hizo esperar.

-¿Esa soy yo? -pensó Julia, al notar a esa mujer exactamente igual a ella, entre toda la multitud de gente que seguía acercándose a mirar…