Recuerdo en tres besos

Nunca los acontecimientos centrales de una vida están construidos con la intensidad con que nosotros mismos recordamos.

Ricardo Piglia, en conferencia con la gente mirándolo embobada.

I

Es difícil precisar algunos detalles. Toda maraña de recuerdos para afianzarse en la memoria humana, requiere lo máximo de lo mínimo, como también de lo baladí que los adorna. En este “acaso” —que no caso—, recuerdo que llovía y mis amigos y yo asistimos a la fiesta del Apu, donde él iba a tocar con su banda. El escenario, los pedregales de Santa Úrsula.

Aquello, el festejo, quería ser una calca de los fílmicos de primer nivel, donde el protagonista (chévere, guapo, poeta-cool) pone a suspirar a las chicas, es orgullo de sus padres y deja a sus amigos boquiabiertos. La potencia artificial del suceso tuvo nuevo destino por mi sola presencia. ¡Modestia apártate!

Ya dije que llovía, era otoño, a tiempo dejamos la calle para internarnos en el cumpleaños. Sí, era un cumpleaños con corazón pequeñoburgués. El Apu llegaba a la veintena con una casa retacada de conocidos y desconocidos conocidos de los conocidos… yo lo había tratado casi por accidente, tenía vínculos cercanos con uno de sus compañeros de la preparatoria. Uno de tantos. Nos abrazó a los cuatro o cinco que éramos, súper excitado, súper extasiado con nuestra presencia. Yo miré a todas partes buscando la cámara que estuviese registrando el mítico encuentro. Nada. La fantasía del Apu dirigía la escena. Pero casi se escapa alguien sustancial para esta pieza: Fran, la novia.

Apu nos iba presentado con los otros “amigos” dándonos bebida y de comer. Hasta que llegamos al sitio donde mostró con grandilocuencia al sujeto de sus amores. Yo quedé pasmado. Me pareció la mujer más atractiva que jamás había visto (lugar común, y qué). —Nótese que, en este espacio, para leer debidamente lo que tiene ante sus ojos, debe escuchar una música profundamente divagatoria, imaginando un zoom a los ojos de quien se describe y un retraso en la reproducción de la toma con Dolly en riel—. Saludé a Fran con timidez, pero con firmeza. Me enfrentaba a quien me dio en la madre sin proponérselo… Epojé.

II

Antes de la Palabra, en Su cabeza se hizo la imagen, entonces: ¿dónde estamos?, ¿en la imagen previa a la Palabra?, ¿somos Su deseo imaginado? Y, ¿qué alimentó las imágenes? ¿Otra creación antes de la Creación? —Pausa dramática—. El sujeto no nombrado aquí sería el Dios católico, pero mejor ponga usted el dios de su preferencia y fe.

III

Laura Mulvey nos enseñó que la mirada define al cine. “Los códigos cinematográficos crean una mirada, un mundo, y un objeto, y a través de ellos producen una ilusión cortada, a la medida del deseo”. Ahí estaba yo dejándome llevar por esa mirada desde adentro de mí y por Fran, con su cabello teñido de verde (fuera de foco, distinto, exótico-urbano), su rostro apacible (casi como de alguien que recién fumó un toque), con labios enormes (besables, besuqueables, mordibles), portando su cuerpo de ensueño (digno de un abrazo)… y su voz, su voz, su voz dulcísima. Mujer cronotopo.

Me quedé pasmado (ahí/así me quedé, “Fuera del mundo / Fuera del mundo / Fiera del mundo”). Sí, la fiesta se desarrolló como lo planeado por el anfitrión. Risas —Ja-ha-je-jijiji—, grupos de charla, la banda tocando la misma canción imitando a Blondie pero con gallos, estallidos en el audio y ecualización nefasta. Y ella, y yo pasmado, empasmado, apelmazado en mis fueros. Algo tenía que hacer. Y lo hice.

Llegó el momento de huir del eventazo, ya de hueva porque toda fiesta escrita como guion y llevada al pie de la letra, tiende a ser inverosimilitud e insoportable. Nos encontrábamos en la puerta mis cinco o cuatro amigos. Avanzamos unos metros bajo el chipi-chipi y me regresé. Me fue inevitable. Entré buscándola, ella charlaba muy de cerca con el mejor amigo del Apu (creo le decían el Beatle o el Beetle, un tipo ignorable y groupie). Le dije a Fran que nos veíamos luego y la besé en la boca. Salí. Cuando detuve mis pasos ellos me preguntaron si había olvidado algo. “Sí, darle un beso a Fran”. Hubo reprobación, gestos de juicio retrógrada, de indignarse por el Apu. Anduvimos bajo la lluvia, otros metros. Vi la película contada por miguelito (mí mismo, vaya). No estuve conforme. Volví.

Ahí seguía, me miró. Supo a lo que me acercaba. La volví a besar. Le dije que nos veíamos después.

Salí de la casa. No me veía nadie, no me seguían con la mirada, nadie iba a detrás de mí para matarme, para defender el honor del… pinche Apu, que chin… Mis amigos intuyeron que volvería una tercera vez a meterme en la boca del lobo, buscando el calor de aquellos labios que me quitarían las gotas frías de los míos. Bebí su boca por otro instante. Ocurrió.

Y el Apu chingó a su madre, mis amigos casi me mandan a volar y yo feliz tenía mi historia hecha por mí. Rompí el cerco, maté al lobo, me lie con el minotauro y regresando a Ítaca una y otra y otra vez. Vivo, vivito, coleando. Sin tormentas ni calma chicha, sano y salvo. Con el vellocino pero sin Medea, con el fuego pero sin la cola pelada incendiando al mundo. Oscuro.

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2 comentarios sobre “Recuerdo en tres besos

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