Risotadas batailleanas durante las Gordon Riots

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De acuerdo con Georges Bataille, la risa —así como el erotismo, la fiesta, el silencio, el juego y demás— pertenece al mundo sagrado. Ésta se opone a las actividades productivas del mundo profano y su teleología del progreso; va más allá del sentido, el entendimiento y el lenguaje. Se les escapa y los rehúye, por ello resulta transgresora. Tampoco desea fundar un orden, sino destruirlo como el fugaz relámpago. Ataca con la audacia de dañar con una velocidad tal, que al enemigo no le da tiempo de saber de dónde vino el golpe. Así como brota, desaparece. No dirige su energía a un fin externo, pues ella lo es en sí misma. Si la risa fuera eterna, dejaría de ser un goce y se tornaría en un martirio. La risa no genera riqueza, es inútil para el proceso de valorización del valor, fundamento de la modernidad capitalista. Es un no-valor, una nada que brinda la posibilidad del todo. El acto transgresor va y viene: atraviesa dimensiones antagónicas que son complementarias. Todo chiste tiene su grado de seriedad.

En el libro Bello como una prisión en llamas (2012), el historiador Julius Van Daal narra las Gordon Riots, una serie de incendiarias revueltas que tuvieron como sede las calles de Londres en 1780. Hay una imagen en particular que me parece curiosa y pertinente desarrollar con el objetivo de jugar haciendo uso de las ideas batailleanas. El episodio que les narro fue sólo el comienzo. Pero primero, demos algo de contexto. Un grupo de ciudadanos afines a la fe protestante se organizó contra la Ley Papista de 1778, la cual permitía que los miembros de la iglesia católica poseyeran propiedades, heredaran tierras y pudieran unirse al ejército. Por tal motivo, la Asociación Protestante convocó a una reunión a la que seguiría una marcha hacia la Cámara de los Comunes, con la misión de presentar una petición que exigía la derogación de dicha ley. Su líder era lord Gordon. Para cuando llegaron, una buena cantidad de los asistentes estaban ya ebrios. Muchos eran colados que se fueron sumando en el trayecto hacia la Cámara y desconocían el motivo de la concentración. Parias y protestantes por convicción, esperaban el veredicto de los lores. Los ánimos de la chusma iban calentándose cada vez más y más. 

Pasaron seis horas y finalmente los miembros de la Cámara accedieron a someter a votación su propuesta de abolición de la Ley Papista. Seis votos a favor, 118 en contra. Lord Gordon informa a la multitud y estos inician con la jornada de caos. Los diputados se encuentran pavorosos dentro del edificio, por lo que mandan a llamar a la Guardia, que estaba al mando del juez Addington. Llegan los soldados a la zona. Las mujeres presentes les lanzan objetos y los abuchean, a la vez que entre carcajadas pellizcan el trasero de los miembros de la infantería. Vaya transgresión. Perplejo e indignado, Addington de la orden de que la Guardia ataque. No obstante, la caballería carecía de impulso y sólo logra provocar una suave avalancha, que en lugar de evocar miedo resulta ser un momento cómico. La multitud, que no olvidemos estaba bastante ebria, yace en el suelo y la cosa comienza a ponerse un poco candente. “La cómica incongruencia de la situación, el paso súbito de la tragedia a la comedia, el efecto contagioso de la alegría, las cosquillas abundantemente intercambiadas en el seno del alboroto: todo contribuye a extender y prolongar los estallidos de risa”[1].

Por un lado, los serios miembros de la Cámara y su Guardia, por otro, la fogosa muchedumbre que se burla de la autoridad. Lo exterior se contrapone a lo interno. En el primer plano, encontramos lo artificial y los productos hechos por el hombre. En el segundo, lo natural e improductivo, que no empata con los valores de la modernidad capitalista. La risa no reconoce jerarquías, razón ni normas sociales, las minimiza; irrumpe en el orden y el sentido, pellizca sus solemnes nalgas. De la ruidosa carcajada brota la dimensión sagrada y, por un instante, se derrama sobre lo profano. Nuestro serio mundo queda en ridículo. No obstante, hasta la más grande fiesta termina. Su aparición no pretende fundar orden alguno, no se instaura en el continuum del tiempo. Así como llegó, se irá y será olvidada. No sin antes habernos develado el absurdo dentro de la seriedad. La cortina ha sido desgarrada y detrás de ella encontramos los valores que fundan nuestras sociedades con ridículas bombachas de corazones. Cuando el brazo del Estado pretendió reprimir a golpes la ausencia de orden, el desorden atacó con risas. El monstruo perdió su ilusorio poder, aunque sea por un breve instante de alegría.

 

[1] Van Daal, Julius. Bello como una prisión en llamas. Breve relación de los Gordon Riots. Pepitas de calabaza. p. 36.

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