Salve el fuego

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Salva el fuego, que el fuego me salve. No ya no. Ya no podrá. ¿A quién le importan mis ruegos ahora? Estoy muriendo. O lo haré. En un rato. Devorada, consumida por el fuego azul que no sólo me lleva a mí, sino a todos y a todas las cosas. No estoy segura en decir si son momentos desesperantes, aunque sean los últimos. No lo son. Siempre me imaginé a la muerte de otro modo, y nunca creí que podría estar tan serena. Muchas veces (antes) fantaseé con mi muerte, aunque pocas veces me animé a ir mucho más lejos. Casi siempre me angustiaba y no podía seguir imaginando mucho más allá. Pero lo cierto, es que cuando lo pensé, lo hice creyendo que el final sería como un arrebato, un dolor profundo y seco sin demasiado preámbulo. Ahora, que se ha develado cómo es que esto se acabará, me encuentro con que se me ha “brindado” un momento para la reflexión, para la despedida. Tal vez porque soy escritora, dios o lo que sea, se conmiseró con regalarme el beneficio, y entonces puedo tener estos últimos minutos antes de que me toque a mí. Para qué, no sé… para “saborear” más la vida, supongo. Lo que fue y lo que fui. Para hacerlo más poético.

Desde aquí, desde mi ventana, soy testigo de lo inevitable. No faltará mucho para que llegue. Veo como las lenguas de ese fuego que lo incendia todo se extienden como una deidad naranja y hermosa, que además tiene cara de hombre y mil brazos, mil retoños. Veo por fin de cerca (¡y es tan conmovedor!) al sol, que tantas veces nos acarició de lejos, rodar ahora sobre la tierra, amándola y destruyéndola a la vez (amor tóxico), en donde ella, sumisa, redimida, se entrega toda para ser extinta. Veo entre las llamas los esqueletos de los árboles que se carbonizan solemnemente, que soportan la embestida al principio sin caer, como soldados valientes que esperan, sin rendirse la estocada final. Y las casas, los molinos, los autos, los animales, los hombres, las estatuas, los edificios, los monumentos, las fábricas… todo reducido a nada. Veo a todo quedarse allá en el remolino crujiente. Todo se va desprendiendo suavemente, como con una música, en un crepitar en el que no habita más sonido que el que canta el propio fuego. Los demás callan. Nadie se opone, nadie grita.

Lo veo venir a la distancia, como en un sueño, pero esta vez sé que es real. En mis sueños era el agua, eran las olas inmensas las que iban a terminar conmigo, las que me ahogarían. Pero ahora lo sé: no habrá humedad y no habrá tiempo de correr hacia ninguna parte. Simplemente llegará aquí, y me dejaré morir, como lo hacían las brujas en la hoguera. Sólo espero que sea muy rápido, espero no sufrir mucho, apenas darme cuenta.

Ahora mismo no estoy triste, y ya veo como no hay lugar para nada más. El fuego se acerca. Me gustaría terminar esto haciendo una lista. Una que refleje lo que quiero llevarme de esta vida. Debería ser sintética, debería poder elegir bien. Como si fuera ese un pedido especial y lo más importante. Como si se me dijera: no te equivoques, eso que elijas, será tu espíritu, el retrato de lo que fuiste, la esencia de lo que fue tu vida.

¡Ayy! Qué cosa difícil. Espero no acobardarme. Es sumamente delicado. Mi lista… ¡ya! ¡La lista! Confiaré en mi intuición. Ella me llevará a lo ineludible, a las huellas ciertas, a lo que me ha marcado.

Dale, vamos… la lista… ya se huele el humo… ya no se ve mucho más allá, más que esa cosa informe que avanza demencial.

Basta, sí, ¡la lista! Que sea de una vez, ¡soltalo. ¡Despedite!

Ahora sí tengo miedo, un miedo indescriptible. Lloro. Amé demasiado este mundo loco, roto y extraño.
Vamos, no seas necia. ¡Ahora! La lista. Elegí diez cosas. ¡Sólo diez cosas! Ahora, o no lo llegarás a enumerar.

Sí, sí… de acuerdo. Empiezo:
10) Haber leído a Shakespeare. Haber podido conocerlo y sentirlo a pesar de la distancia de los siglos.
No voy a poder, es muy difícil elegir… no… ¡Vamos! No seas tonta, ni te pongas poética. Faltan 9. Cerrá los ojos. Sólo dejá que tu corazón, tu mente, elijan por vos. Eso te definirá. Vamos… nueve…
9) Los peces de colores en el fondo del mar más transparente, el haber podido estar tan cerca. Acariciarlos. La belleza de esas islas, los corales. Haberme podido sumergir.
8) La adrenalina de haberme enfrentado a las más duras pruebas.
7) El día que lloré porque “me dejaron afuera”.
6) Los teatros. Los teatros vacíos antes de que ingrese la gente. Los escenarios cuando la luz se va apagando suave sobre el actor, y se queda todo negro y en silencio.
5) El instante en el que vi la cabeza de mi hijo salir de mi panza. Allá lejos y tan cerca.
4) Los chocolates y todos los dulces del mundo (eso debió ir antes).
3) Haber volado en los aviones que surcaron los cielos y me dejaron en tierras nuevas.
2) Los amigos, el amor… (¡no puedo! ¡Y es abstracto! Mejor: aquella mirada verde que me tejió un puente).
1) La escritura, las palabras y los li…

 

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