Arañas veras Columnas 

Se gestan con fuego los libros

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Me gustaría que así se anunciaran los editores e inclusive algunos literatos: Se gestan libros. Retomo la idea de José Martí, el poeta sincero y ardiente, que en algunos de sus escritos menciona que se debería pensar más en la gestación de la palabra, debido a que al estar el ser humano frente a la naturaleza algo puede ocurrir que lo atraviese y que se manifieste por medio del poeta (en este caso literato) lo que la naturaleza misma dice. Si ya de por sí es muy difícil atender a lo que nos rodea, después convertirlo en algo inteligible para alguien más, es un tanto imposible. Pero tenemos el lenguaje, sus reglas y maravillas, y así trazamos el puente para que se manifiesten naturaleza y literato con sus limitaciones y potencias.

Después están los editores, los encargados no sólo de revisar con ojo crítico lo que se busca se convierta en objeto público, el libro, sino de que se materialice como tal. Un famoso editor dentro de una trasnacional en una entrevista dice que —perdón por sólo parafrasearlo—: es el libro el mejor refugio de la verdad. Yo me abstendría del último elemento, “La Verdad”, añadiendo que tal vez sea el libro donde puede descansar un momento de la búsqueda de las preguntas sobre ella, sobre la verdad. Pasando a esto, puedo sugerir que cuando se escribe algo o cuando se edita algo, si se le dedica tiempo preciso y precioso, puede gestarse algo que será digno de ser antecedente del ímpetu por la búsqueda de algo más allá, como la verdad.

Cuando hay dedicación, delicadeza, y otros dirán amor, se gestan cosas bellas. Hace falta más a todo lo anterior en el mercado del libro, en el mercado del arte, en la difusión de la cultura. Quién no imaginó convertirse en escritor después de haber contemplado entre las manos un libro que nos decía “léeme” o “cómprame” o “sácame de esta biblioteca”. Antes que leerlo y escucharlo en nuestra voz, está el objeto que contiene esa porción del universo convertido en testimonio de palabras.

Sí, estamos muy engatusados con la idea de que la vista es el sentido con el cual nos quieren hacer consumir los mercadólogos, pero también están después otros sentidos como el olfato, el tacto… qué cosa, los libros, para los que los amamos, no nos podemos reducir a los ojos para dejarnos conquistar, algunos los olemos, los tocamos, los sopesamos, revisamos el colofón (año de edición, de cuánto fue el tiraje, quién lo tradujo, ¿es facsimilar?, ¿qué gramaje tiene el papel? Entre otras linduras). El objeto de nuestro deseo nos exige mucha entrega y atención, pues pasaremos horas leyéndolo, cargándolo, llenándolo de notas, abriéndolo a la menor oportunidad; abrazándolo por la prensión de que alguien nos lo arrebate; nos haremos amantes de una cosa que indiferente a nuestra zozobra o celo, será siempre indiferente a nosotros. Inclusive si tomara vida. El libro es egoísta, sólo existe para ser atendido. Tiene más de gato que tal vez cualquier otro objeto inventado por la humanidad.

Así es pues La Naturaleza, indiferente a nosotros, y eso lo sabía Martí, pero también Whitman, como Juan Antonio Pérez Bonalde y José María Heredia, sin embargo si se pone atención con todos los sentidos a su transcurrir, creemos que nos tiene que decir algo. Y nosotros, tenemos fe en convertirlo en algo que luego pueda ser publicable y conocido por los lectores del futuro a través de un objeto llamado libro.

Otra cosa añadida al uso del libro en las últimas décadas donde la prisa de la tecnología lo tocó. ¿Morirá el libro con la propagación de las pantallas? El libro no morirá, aunque sea algo inanimado a diferencia de la naturaleza, este miedo a perderlo surgió con la llegada de la tecnología digital, pero hasta hoy se sigue vendiendo no sólo en librerías, también a través de entregas a domicilio y hasta en máquinas expendedoras; el papel, aunque ha sido sustituido por pantallas, no tiene el olor de nuevo, o de la humedad inquietante, como tampoco el brillo del reflejo del sol, sin los lastimosos fotones de leds o microespejos. El libro nos exige todos los sentidos para amarlo a plenitud. Vuelvo: lo mismo que los gatos. Trate de leer un libro frente a ellos y le apuesto que alguno de esos bellos animales se le atravesará entre el papel, entre su lectura, y para con sus patas, pelambre y maullidos decir: “aquí estoy, hazme caso”.

Nuestro cuerpo está más acostumbrado al libro desde que Gutenberg continuó la tarea de los tlacuilos y de los escribas de papiros, gestando el mejor soporte de la búsqueda de las verdades. Y ya que he comparado la actitud felina con lo que el libro nos provoca a algunos, he de decir que el gato encendido del poeta William Blake, ha llegado hasta nosotros por el libro, así como llegó a Jorge Luis Borges, como llegó a Eduardo Lizalde o a Alfred Bester. El libro nos pude fulminar si lo contemplamos, como cuando se está frente a una creatura devoradora de nuestra especie… Tigre, libro, Libro, Tigre, ardiendo / brillantes en las selvas de la noche / ¿qué mano, qué ojo, / que impronta, qué imprenta, han fraguado sus terribles simetrías? El fuego y los libros, ahí en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury puede leerse con dulzura enorme este amasiato.

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