Arañas veras Columnas 

Sobre presentaciones (de libros)

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Una de las más feas costumbres que se tienen al momento de presentar un libro, es la de buscar un sitio poco propicio. En nuestra sociedad acostumbrada al ruido y a la estridencia, los antros, bares, restaurantes, cantinas, pulquerías, hoy se han convertido en los espacios donde se intenta hablar de un autor, de la obra lograda y de su contenido. Y aquí quiero llevar a cabo un comentario sin indulgencias al respecto de las presentaciones de libros que a lo largo de los años he atestiguado.

Luego de participar en una que otra presentación de libro, ya sea como parte de una mesa o como público asistente, me he obligado a reflexionar sobre, en principio, la elección de los dialogantes en el pódium (si lo hay, pódium y gente dispuesta al diálogo). Habrá que meditar con frialdad quién podría ser buen maestro de ceremonias que, contribuya con palabras precisas y con silencios apropiados cuando amerite dejar al autor y al o a los comentaristas, discurrir sobre virtudes, bondades y detalles a resaltar de la pieza literaria que los congrega. Los presentes al evento, si es un sitio amable como un auditorio, teatro, aula, empatizarán con el orador presentador, siempre y cuando no aspire a robarse la escena. Los arrebatos de los que puede ser objeto van desde hacerse el gracioso, a tratar de exhibirse ante la audiencia como el más sabio de los intelectuales, quizá queriendo competir con lo que el resto de ponentes expongan a lo largo de la ceremonia. Es prioritario para los organizadores de la presentación que agenden con alguien inteligente para que sólo cumplir con su papel de anfitrión. Entre ujier y crupier anda el juego, no entre payaso de fiesta ni standupero. Lo anterior será en favor de la publicación, que es la festejada y centro de atención del acto social.

Otro aspecto medular es la duración de la presentación del libro. ¿Cuánto es suficiente?, ¿cuánto es hablar de más? Se acompaña al escritor en su vínculo con parientes, amigos, preceptores, alumnos, conocidos y desconocidos que van a enterarse de qué están por leer, cuando tengan en sus manos, el anhelado ejemplar oliendo a tinta y a prensas; no se está ahí para soportar a tal o cuál con disertaciones soporíferas que a calzador tratan de vincular la obra con tradiciones, escuelas, modelos, herencias a lo largo de minutos que se sienten como horas. Tampoco los miembros del ritual pagano desean enterarse plenamente de qué va la disección académica. En este punto algunos convidados a las mesas de presentación pecan de chismosos y nos revelan santo y seña, degustándonos el libro, anticipándonos un bolo lector que a fin de cuentas nos deja mal sabor de boca pensando, “no, bueno, este fulano ya me contó la película con todo y créditos finales”. Abstenerse de farandulear con el texto ajeno es evitar hacer la caravana con lo que no nos es propio. ¡Dejad que los potenciales lectores hagan la tarea, por favor! Si el escritor pretende ahorcarse con su propia lengua, que lo haga ella o él, pero no el acomedido entrometido. Si los cuentos compilados se parecen a los de Borges, que lo juzguen los lectores; si la novela “indudablemente” está influenciada por Rulfo, que lo critique la lectora avezada; que si el poemario se “circunscribe” a la nueva poesía contemporánea… que lo intuya el lector. No hay nada más fácil que pasar por docto cuando se halla evidencia de algo que no está donde se busca otra cosa. “Usted es un claro ejemplo de la continuidad del portento artístico inaugurado por don… (añada aquí el más rimbombante apellido de un supuesto laureado antecesor)”. Curiosamente, para no dejarlo pasar nada sobre esto último: en su mayoría se hacen referencias a varones encumbrados y no a mujeres. Nada es de a gratis, pero sí puede provocar gastritis, sobre todo a los que queremos desligarnos de cánones y fórmulas.

Una presentación de libro no es, y esto se tiene que subrayar, una defensa de tesis. Si algunos de los invitados a la mesa se quieren dar aires de sinodales sobajando, ninguneando, zapeando al autor o autora en cuestión, no ha lugar. Es una celebración de la palabra y el oficio, no la palestra donde las divas mudarán a vedettes adictas al reflector y a los aplausos.

El placer no tiene por qué estar desterrado de las presentaciones de libros, mucho menos la cortesía del abrazo sincero y colectivo a quien se mató convirtiendo sus horas en hojas plagadas de versos, frases, historias, sentires y sangre. Son acontecimientos únicos, no todos los días nacen y se entregan al mundo libros.

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4 thoughts on “Sobre presentaciones (de libros)

  1. Paréceme, amigo Rodrigo, que has hablado con sabiduría. La inclinación por captar los reflectores o por aparecer en la fotografía nos es inherente como entes sociales. El cierre de tu texto me parece agua cristalina y pura: los presentadores no son sinodales y no se trata de una defensa de tesis. Líbrenos el alto Cielo de convertirnos, o en inquisidores de lo literario o en medrosos y complacientes escritores.

  2. Gracias por tus palabras. Hay veces que pensé que se convertía en una especie de tema prohibido. Espero dar pie a que se disfrute más y se sufra menos esto, que es de lo poco que da satisfacción tanto a autores como a los que amamos los libros.

    1. Incluye el fin de cursos y las graduaciones. Parece que piden perdón con tanta solemnidad, cuando un logro puede ser motivo de alegrías. Gracias por el comentario.

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