Sobre profesores, maestros y mentores

Cualquier hombre puede conocer. Es al fin y al cabo, una característica propia de su especie y que cada uno, desde el más joven hasta el más longevo, en mayor o menor medida, en términos prácticos o simbólicos, y en infinidad de variables más, puede ejercitar.

Dedicado a: Marleny Quiceno y Esperanza Giraldo, mis profesoras, mis maestras, mis mentoras.  

Cualquier hombre puede conocer. Es al fin y al cabo, una característica propia de su especie y que cada uno, desde el más joven hasta el más longevo, en mayor o menor medida, en términos prácticos o simbólicos, y en infinidad de variables más, puede ejercitar. Pero para ser humano no hace falta pensar nada más, ser humano es ser conscientes de nuestro regalo divino o de nuestro perfecto y evolucionado don. Ser un pariente del mono que evolucionó un poco más es saber que con el palo se puede golpear a la bestia y recordarlo, en cambio ser humano es escuchar esa voz que sale de nuestros adentros, pero sobre todo, oír la voz de ese semejante que se para frente a nuestra faz, ver los gestos que envía en ese canal subjetivo y hermoso del lenguaje, y en fin, abrir lo más profundo de nosotros mismos en pos de un florecimiento de nuestro ser.

El conocimiento es como un río que se seca cuando se estanca. Gracias a un presocrático sabemos que todo está en constante cambio, y para que las cosas prosperen son necesarias las tribulaciones y los empujones… Ya al morir se podrá conocer lo que es la calma y el silencio, pero para que la vida surja es necesaria una agitación, Sábato dijo que “a la vida le falta el espacio de una grieta para renacer” pero para que haya una grieta deber haber primero un temblor. Es entonces ese noble acto de agitar las aguas lo que ha puesto a nuestra especie en un movimiento, a veces armónico, a veces tribulado, que se expande constantemente y que a veces puede llegar a parecer un afluente que no tiene cauce ni contención. Ese noble acto de agitar el espíritu humano hacia su propia superación es lo que se conoce como enseñanza, una labor que va más allá de las remuneraciones, que nació, estuvo y perdurará aún después de nuestro paso por este río.

Esos cuentos y leyendas aterradoras que los viejos hilaban alrededor de las fogatas, o esa instrucción sobre qué paso dar o qué nota tocar, son fiel reflejo de lo que mover las aguas significa. Sin aquellos testimonios fabulescos, sin aquella danza que se aprende viendo, sin aquella lección sobre la moral y los valores seríamos nada más que polvo inerte sobre el silencioso manto de una eternidad virgen e inmaculada. La enseñanza es el acto humano de perdurar ruidosamente en lo que debiera ser quietud eterna de no ser tan característicamente nuestro el acto de romper las reglas. Y es gracias a esa característica transmisible sólo a través de las mentes rebeldes, que hoy tenemos un recuento de todas esas voces que gritaron “¡humanidad!” y que tenemos otras cuantas aprendiendo a gritarlo.

Fernando Savater dijo una vez que “lo propio de la humanidad es la compleja combinación entre amor y pedagogía” y es la labor de educar la que más humanidad ostenta entre todo el laberíntico conjunto de las cosas en las que una persona decide ocupar su tiempo y su vida. Educar es pues, un constante acto de dignificación, una constante repartición de ese fuego venido de manos de aquellos prometeos que sabremos recordar en algún punto de nuestras vidas, cuando logremos ver su chispa en el incendio de nuestra particularidad. Pero hacer incendios, romper puertas, impulsar cauces y en general, repartir humanidad caótica en las mentes inexpertas es un acto que de por sí está reservado a los mejores humanos que pueda parir esta tierra de casualidades.

Ser profesor puede ser un trabajo, claramente. Y precisamente muchas personas ven la enseñanza como una ocupación más, como bien podría serlo cualquier otra. Pero quienes han llegado a sentir el influjo de una verdadera enseñanza saben que el término “trabajo” carece de cualquier significación que pueda alcanzar lo que de la educación se desprende. Mantener vivos los saberes es en general lo que puede hacer un docente, una tarea que de por sí, y en el mero cumplimiento de los cánones exigidos por el contrato, es una labor digna de reconocimiento en las actuales condiciones en las que nuestras sociedades se encuentran por estos días. Los docentes tienen a su cargo la noble tarea de hacer perdurar lo humano, cargan con el peso de una resistencia que se opone a muchos sectores de las sociedades nuestras, que pretenden erradicar la noble tarea de pensar y suplantarla por la incipiente repetición de la obediencia. Pero es el mismo carácter férreo de esa lucha lo que hace insuficiente el término de profesor si es que se pretende cuando menos igualar las fuerzas de ese monstruo sin espíritu que quiere devorarse nuestra humanidad y que para tristeza de todos, es encarnado por integrantes de nuestra especie, que no obstante, han sabido enajenar su alma por unos cuantos billetes y han renunciado a la incontenible fuerza de su ser por la “medición exacta” de una realidad que no puede medirse y la instrumentalización de un concepto que ni siquiera puede objetivarse. Luchar contra eso es bastante complejo si además entran a escena las pésimas condiciones de la labor; la dicotomía de enseñanza contra administración y cifras contra valores; y aquello sin dejar de lado la poca contribución de algunos actores que deberían ser los primeros maestros, pero que más bien son los primeros en estigmatizar y los últimos en contribuir. Si con ello no queda claro que ser docente es moverse en una zona de conflicto, ir a una escuela sería una ilustración bastante diciente de lo que estas líneas pretenden hacer ver y quieren resaltar como se debe. No obstante, a veces la lucha sobrepasa a muchos de los combatientes, y es por eso que ser profesor es noble pero no suficiente, pues muchas veces el agotamiento, la desmotivación, y en general, el gris panorama que significa esta sociedad y su valoración sobre la educación terminan por convertir a los docentes y profesores en reproductores de un discurso que inicialmente pretendían erradicar. Es allí donde entra la figura del maestro, que estima su labor más en los términos vocativos que laborales, y que es capaz de resistir a los tiempos adversos gracias a esa voz en su cabeza que grita ¡humanidad! y que le hace saber que su esencia es enseñar, es encender, es agitar. Los profesores son sujetos de admiración, pero los maestros deben ser objeto de nuestro cariño, deben significar algo más que el frío respeto que se pretende imponer desde los manuales, y que obviamente debe seguirse, pero superarse. Los maestros merecen más que respeto porque las condiciones mismas de su entorno no fueron pensadas para que se reprodujeran. El mundo de hoy no quiere maestros y por eso ¡Que vivan los maestros que resisten!; los que van más allá del llamado a lista y se interesan por las condiciones y particularidades de sus estudiantes; aquellos que no reproducen conceptos sino que incendian la yesca que en cada estudiante habita; los que no pretenden perdurar en discursos lentos, sino deshacerse en enseñanzas reales, en silbidos mismos de humanidad que se incrustan en una parte de nosotros que no hallaremos en las teorías ni en los estándares evaluativos. ¡Que vivan aquellos maestros que vuelan más allá de las aulas!; que enseñan a pensar y no a repetir, a orar y no a rezar, a sentir y no a suponer, a ser humanos y no máquinas, a ser libertad y no sistema, a ser pluma y no celda.

En esta evolución de términos que se miden en humanidades y en los que encontramos a docentes, profesores y maestros, el mentor es la última escala a la que se puede optar, y el mejor regalo al que una persona puede acceder. Si en manos de quien escribe estas líneas estuviera darle un regalo a un niño, le daría un mentor. Y eso sería suficiente para que una veta de felicidad o libertad se dibujase en ese invariable futuro del que sólo tenemos nociones, que sin embargo se vuelven un poco más palpables si es que un mentor se llega a cruzar en el camino. Los mentores enseñan lo más hermoso que se pueda enseñar: enseñan a vivir, y no en el sentido de dictar los cánones y las pautas para tener lo que sería un limitado concepto de vida, sino más bien, en el sentido de que cada uno de nosotros descubra de qué herramientas dispone para explorar y encontrar esa vida que sólo puede ser para nosotros y cuyo significado no puede aplicar para nadie más. Los mentores son faros que nos ayudan a encontrar una vida sumergida en un mar de sutilezas, de levedades, son faros que nos ayudan a ser quienes debemos ser, son procuradores de los destinos e impulsadores de la grandeza.  

Por su puesto que estas líneas no aplican a todos los recuerdos que todos aquellos quienes leen estas líneas puedan tener sobre todos los mentores, si es que alguna vez los tuvieron. No obstante, hay una particularidad en el empleo de las palabras que en este caso juega a favor de los verdaderos y buenos mentores, y es que una palabra suele ser empleada para uno u otro caso, por ejemplo: ser humano es ayudar a alguien pero también puede ser podrirse de lujuria; sin embargo, nos gusta usar el término humano para definir esas bondades que un individuo de nuestra especie puede llegar a alcanzar y que lo hace merecedor a ese título. Así pues, aunque pueda haber mentores nefastos que impulsan calamidades, es más agradable el usar ese término para mínimamente nombrar las bondades que pueden reunir algunos individuos que se dediquen a enseñar, y ello no necesariamente desde las aulas de cuatro paredes, pues la vida es un espacio de aprendizaje y el mundo es el aula más grande que pueda existir.

Un poeta pereirano, llamado Luis Fernando Mejía, tiene una frase en su poema cuando la ciudad me sobreviva que reza “Nadie podrá obligarme a que desaparezca si he dejado la vida sobre todas las cosas”. Y esas hermosas líneas se pueden circunscribir a esa labor de enseñanza que sólo halla significado si se emplean versos poéticos para describirla. Ninguna ciudad podrá sobrevivir a los maestros y a los mentores, así como no habrá corazón que sepa olvidar las enseñanzas recibidas de sus mentes transgresoras. Mientras una sola persona se haya cruzado en su vida con un verdadero educador, nadie podrá obligarlos a desaparecer, pues han dejado la vida sobre todas las cosas, pues han sabido perdurar en el quizás no eterno, pero sí poético, incontenible e indefinible grito que es la humanidad.

 

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Un pensamiento en “Sobre profesores, maestros y mentores

  1. Compañero, me parece una excelente y hermosa reflexión respecto de la labor de la enseñanza, y concuerdo en que es por medio de esa bella labor que perdura de una generación a otra el conocimiento que, en esencia, es lo que nos hace seres humanos.
    Mi más sincera admiración a su escritura limpia, fluida y poética.

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