Team Kongzilla

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No se dejen llevar por el título, no intento reconciliar a los súper monstruos. Soy declaradamente Team Godzilla. Además, por lo que entiendo, ya se resolvió la polémica gracias al previsible as bajo la manga: Godzilla robot. [No es spoiler, no se asuste usted, por favor. No he visto la película, ni los resúmenes, sólo titulares]. Para enterarse en Latinoamérica, uno no puede usar internet, hay mil ocho mil plataformas de streaming, pero no… hay que lanzarse al cine y brincar el cultivo de COVID. Sólo mis abuelitas estarían a salvo porque ya fueron vacunadas, pero dudo que les interese saber quién gana.

Lo curioso es que nadie diga nada, sólo las quejas normales de los fans, pero hasta ahora no he visto teorías de conspiración (tal vez las haya, no sé). Hay, sin embargo, una teoría muy obvia: ¿se han preguntado por qué los gobiernos y la iniciativa privada están tan tranquilos de que la gente acuda al cine “con todas las medidas”, si al mismo tiempo existe la preocupación de un nuevo brote? Digo… yo sé que en época de contienda electoral lo que menos debería importar es la batalla de Kong vs Godzilla, pero juguemos a la paranoia: ¿será que es una conspiración secreta para poner a prueba la posibilidad de rebrote?

Hay una evidencia a favor de la teoría. Los boletos se agotaron de inmediato, es decir, la gente cayó en la trampa. ¿Qué otras intenciones macabras puede haber? Tal vez sea una forma de obligar a los abuelitos a cuidar de los nietos que insisten en ver la película. O, incluso, podríamos pensar que a los agentes en el poder les gustó trabajar desde casa, y han acordado propiciar picos pandémicos periódicamente para nunca regresar a las actividades. Y entonces estaríamos ante un oculto mandato de los grandes emporios y las potencias para derribar la economía latinoamericana perpetuando el congelamiento económico. Después de todo, nuestra calidad de consumidores no desaparece por el confinamiento, y es lo único que les interesa. Tal como cuando dijeron que se inventó el SIDA para reducir la sobrepoblación, ahora nuestro loco interno afirmaría que el COVID ha sido controlado, pero se regulan las zonas de esparcimiento como una suerte de arma biológica. Nos enfrentaríamos, entonces, al último terrible designio del sistema neoliberal: el sacrificio masivo de los países del Sur. El capitalismo habría completado su círculo: nacido con los primeros excedentes de producto, culmina ahora con un excedente de mano de obra a la que cosifica hasta la muerte para exprimir hasta el último gramo de los desposeídos.

Desde luego, todo esto es falso. Funcionaría más como argumento de ciencia ficción soft que como descripción del acontecer real. Algo curioso de nuestra época es que la cultura de masas ha transformado el afán utopista en conspiranoia. Ya ni siquiera en distopía, eso está todavía anclado al terreno de las ficciones y se funda sobre una mirada crítica. La conspiranoia es reduccionista. Mientras las distopías simulan la degradación máxima de la civilización a partir del estado socio-ecosistémico del mundo; las teorías de conspiración niegan la complejidad social y la historicidad. Cuando Walter Benjamin interpretó las transformaciones económico-culturales de la Francia decimonónica, explicó que las ideas utópicas (con Fourier a la cabeza) eran producto de la consciencia sobre la coyuntura por la cual atravesaba el mundo. Pero la coyuntura actual tiene como antecedente un proceso de al menos cien años de enajenación mediática que nos ha vuelto ciegos al flujo histórico y, en consecuencia, no somos capaces de responsabilizarnos por los cambios sociales, de ahí que culpar a otros nos agote menos la mente: Putin, Amazon, Tywin Lannister y Monarch. Por supuesto que los principales responsables son ellos, los consumidores promedio tenemos un nivel de incidencia de 1% en los grandes problemas (no sé si exagero). Pero no por eso dejamos de tener la responsabilidad del la inimaginablemente inigmante situación del coral blanco.

En fin. Lo que sí podemos afirmar del innegable atractivo en la batalla Kong vs Godzilla es que la imagen del conflicto apela a nuestro instinto más profundo: la supervivencia a través de la competencia biológica. Un gran acierto de la nueva franquicia del Universo de los Monstruos (esta serie de películas con animalotes que se pelean) es que le da coherencia a los extrañísimos súper organismos a partir de los principios que rigen a la biología. Lo que antes nos parecía una curiosidad importada de Japón, ahora se nos explica en términos prácticamente universales. Eso sí, bajo la óptica hollywoodense.

La batalla entre un súper chango y un súper lagarto no es más que el conflicto entre mamíferos y reptiles. Primero todos entendíamos a Godzilla porque tenía que luchar contra insectos. Y, entre insectos y reptiles, lo que más se parece a nosotros son los segundos. Pero ahora hubo que tomar partido, pues ambos personajes se habían planteado como héroes en las entregas anteriores. ¿A qué obedece la inclinación de cada receptor por uno u otro? Interpretemos la imagen Godzilla/Kong a modo de mito, como lo haría Barthes en su célebre texto de 1957. Aventuro una hipótesis: en el fondo de la disputa, nuestra preferencia por uno u otro monstruo se relaciona con nuestra orientación misantrópica o filantrópica en el contexto de la crisis ecológica.

En esta nueva franquicia, Godzilla ya no representa el ataque nuclear que arruinó a Japón [todos nos sabemos la historia: en su primera época, el monstruo era una metáfora del asedio que sufrió el pueblo japonés durante la Segunda Guerra Mundial, etc.]. Ahora es una fuerza que restaura el balance natural luego de que el inteligentísimo humano devastó la Tierra al grado de provocar una nueva era geológica definida por la crisis. Kong, por su parte, es el símbolo del ideal paternalista, el rey sabio que utiliza la fuerza bruta para imponer un sentido primigenio de la justicia.

Ambos nos despiertan algo latente en el fondo de nuestras entrañas, de ahí que haya tantas tomas en primer plano de humanos llorando: el papá de Malcolm llorando, la niña de Stranger Things llorando, el último samurái llorando con sabiduría. No lloran por tristeza, lloran porque experimentan lo sublime. Conscientes de que no pueden protagonizar las grandes batallas, su papel es el de espectadores ante las enormes fuerzas de la naturaleza. En nuestros tiempos, sumergirse en el mar o escalar una montaña no conmueve tanto porque hemos aceptado que no somos el centro del cosmos y nuestros esfuerzos valen poco frente a la magnitud natural. Entonces creamos héroes que le dan corporeidad a tal magnitud para acercarnos a un mínimo de comprensión.

Así, pues, dependiendo de nuestra postura ante la crisis ambiental, nos inclinaremos por Godzilla o por Kong. El primero menos humano que el segundo. Kong es más complejo, padece el mal de amores, hace la guerra con herramientas y hasta camina como rapero; Godzilla nos antecede en términos biológicos (los reptiles son mucho más viejos que los mamíferos, simboliza un estadio más antiguo de nuestro ser), acepta nuestra ayuda, pero si atentamos contra el orden natural, nos aplasta. Y ni siquiera nos aplasta con saña, solamente nos destruye en lo que cumple su verdadero objetivo: el equilibrio ecosistémico.

De tal modo, si esto fuera un test tendríamos los siguientes resultados:

  1. Eres Team Kong. Tendencia filantrópica. Conservas la esperanza de que haya algo bueno en nuestras formas humanoides. Te mueve el amor y crees que la violencia es aceptable si la usas para defender a quienes obran bien.
  2. Eres Team Godzilla. Tendencia misantrópica. Has renunciado a la capacidad de los humanos para redimir sus errores y aceptas que tus posibilidades de acción responsable se reducen a permitir que la naturaleza se restaure a sí misma. No importa si eso implica morirte en el intento.

Ese es el nuevo mito. Si en la década pasada, los superhéroes eran nuestros dioses antropomorfos, ahora retomamos deidades zoomorfas, damos un paso atrás en la historia de la cultura. Se dirá que las series de Marvel siguen vivas y que las pataletas de ahogado de DC finalmente empiezan a rendir frutos, pero esos superhéroes ya no son dioses, son cada vez más humanos, más palpables, realistas, politizados. Nos identificamos con ellos en su imperfección. Los animalotes, sin embargo, siguen siendo algo ajeno, son poderes más allá de nuestro control. Como lo eran desde el chamanismo hasta los egipcios. Ahí el verdadero sentido ecológico del Monsterverse: el mensaje ambientalista está en la superficie, pero en el fondo de esas imágenes hiperproporcionales revive nuestro miedo-respeto prehistórico al mundo natural.

Ese es el mito a escala global en Godzilla y Kong. Pero, hay que decirlo: en la primera fila de espectadores se encuentran Estados Unidos y Japón. ¡Literalmente! Tanto en la ficción como en la vida real, los primeros en atestiguar la batalla de los monstruos ancestrales son los habitantes del primer mundo. Para el tercer mundo, donde HBO Max no es accesible ni con VPN, la percepción es distinta. ¿Cuál es la especificidad de la recepción latinoamericana de este mito? Para el primermundista es una novedad no ser el protagonista de las guerras que transforman la historia, pero para nosotros es cosa de siempre.

Nosotros, ya desde hace un buen ratito, estamos acostumbrados a recibir los golpes por rebote. Desde Sor Juana hasta El rey león, la globalización nos ha hecho lectores de segunda mano. La novedad se gesta en Europa, en Estados Unidos, en la Asia ultra-tecnológica. Y aunque en 68 el grito estudiantil internacional se dio al unísono, la verdad de nuestros tiempos es que ni los estrenos cinematográficos mundiales ni las redes sociales, nos han emparejado al ritmo de las naciones [México llegó tarde al banquete de las naciones, diría Reyes; nosotros debemos aceptar que, en términos de cultura de masas, llegó tarde y le dieron la mesa de la esquina].

Primero fueron las regiones de los DVD’s, ahora las plataformas de streaming. Para nosotros, la pasividad en términos de conflicto global es cotidiana. El capitalismo tiene sus grandes contradicciones: a la cabeza, la del capital-trabajo, después las de la extracción desmedida de materia prima, el sometimiento de la mujer y las barreras migratorias. He aquí una contradicción menos urgente, pero que sin duda proyecta a las demás: la del espectador atrasado.

Un último aspecto se esconde detrás de la distribución limitada de Kongzilla: la colonización textual vinculada con nuestros ritos. Es bien sabido que las culturas latinoamericanas están marcadas profundamente por la religión. Incluso el ateo por voluntad comparte valores o simplemente ritmos religiosos. El asueto del jueves y viernes santo equivale al asueto del 1º de mayo, ahí tenemos prueba suficiente. Tal religiosidad nos ha hecho adoptar sin mucho esfuerzo los ritmos marcados por el mercado de la moda, del cine y del deporte. A cada estación corresponde un tipo de producción y venta. Desde los años 90 hasta el 2019, el cine había seguido una pauta clara: verano e invierno para los grandes estrenos. La expectación del aficionado estaba marcada por este hecho mercantil. Así nos sucedió a quienes esperamos devotamente el estreno de El Señor de los Anillos del 2001 al 2003. Por mucho que a veces nos quisiéramos hacer los súper darks antirreligiosos, había ahí la sensación de que los significados de la vida nueva y lo tolkieniano brotaban con mayor vigor en invierno. Así como al católico le dolió que la Semana Santa se quebrantara por la pandemia, ahora el fan se vio en el dilema de arriesgar su salud con tal de poder satisfacer su fe ficcional. Y es que un mercado tan fluido como el actual sólo respeta los ritos en tiempos de estabilidad. Si no hay estabilidad, Dios y Godzilla tendrán que entenderlo.

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