Thank you, next

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Los hombres no están exentos de las consecuencias de la violencia simbólica. Los roles de género también aplican para ellos y los empujan a vivir bajo la presión y represión de lo que significa no ser solo un hombre, sino el hombre.

Hace poco más de cinco años, el público se conmocionó ante la estrafalaria equivocación cometida en la ceremonia de premiación Miss Universo 2015. Un comediante confundió las tarjetas y, por algunos minutos, la corona de la ganadora se posó sobre la cabeza de quien no estaba destinada a ser la mujer más bonita del mundo. Intencional o no, aquel chiste se les salió de las manos y hasta la fecha sigue siendo uno de los episodios más recordados en la historia de los concursos de belleza. Muchas personas quedaron impresionadas ante la sola posibilidad de un error semejante, puesto que aquel no era cualquier concurso sino el concurso, el evento que por décadas había adquirido tal relevancia que se convertía en una de las transmisiones más esperadas del año.

Hace poco menos de un mes, la Cámara de Diputados del país aprobó una iniciativa que prohíbe a las instituciones destinar fondos públicos para la realización de certámenes de belleza y eventos similares. Aunque este decreto todavía no es definitivo, lo será más temprano que tarde, gracias a la inclusión de los conceptos de violencia simbólica y violencia mediática en la ley. Pero, ¿cómo es que la tradición de premiar el físico femenino pasó a considerarse no solo violenta, sino tan amenazante para la mujer que ha sido necesaria la intervención estatal?

La respuesta reside en los criterios que se añadirán a la ley para juzgar estas cuestiones de aquí en adelante, nuevos para la Constitución pero que tratan problemas más antiguos que la Constitución misma. Sobre todo, la adhesión del concepto de “violencia simbólica” marcará un antes y un después en las discusiones sobre abuso, subordinamiento y coacción contra las mujeres en México.

Explicar en qué consiste la violencia simbólica puede ser difícil. Existen cierto tipo de violencias más “populares”, fáciles de reconocer y denunciar; por ejemplo, las agresiones físicas o verbales, ya que son inmediatamente dolorosas y dejan estragos que nos afectan por mucho más tiempo del que a las marcas les toma desaparecer. Ni que decir de las agresiones sexuales o la privación de la vida. Como estas hay otras variantes de la violencia, que se clasifican por ámbito, por acción, por condición, entre otros.

Pero la simbólica es, a mi parecer, la más sutil de todas, pues se esconde tan bien que no la vemos o, peor aún, hasta la defendemos. Es progenitora del resto de tipos de violencia y aun así, de las últimas en tomarse en cuenta. Está impresa en las cosas, grabada en los hábitos, camuflada entre lo que observamos, decimos y pensamos a lo largo del día, de la semana y, en la mayoría de los casos, de la vida.

En el dictamen de la Cámara de Diputados, se definió a la violencia simbólica como “la expresión, emisión o difusión (…) de discursos, mensajes, patrones estereotipados, signos, valores, íconos e ideas que transmiten, reproducen, justifican o naturalizan la subordinación, desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres en la sociedad”. Es decir, es la que se traspasa a través de las costumbres, los valores y las nociones que nos regulan como seres sociales y que establecen un “deber ser” de las cosas, sustentando una diferencia entre géneros que suele posicionar al hombre por encima de la mujer.

En otras palabras, cada vez que alguien dice que es obligación de las niñas aprender a cocinar, planchar y limpiar para casarse; que por la tele pasen comerciales que anuncian un automóvil con una chica acostada sobre el capó; que suene en las fiestas el hit de reggaetón sobre chavas que le paran taxis al cantante y similares, vemos a la violencia simbólica entrando en acción.

Esto puede sonar inofensivo, ya que al parecer nadie le toca un pelo a nadie, ¿no? Pero solo hace falta escarbar un poco para toparse con la raíz de donde provienen todos los tipos de violencia hacia la mujer. Al presentarla como objeto vulnerable, débil y atada con cadenas a las costumbres, a la fuerza de la cultura y la naturaleza, se está justificando su explotación, sexualización y trato desigual. A través de las décadas, las condiciones de vida de las mujeres han mejorado y sus derechos han aumentado, pero por más igualitaria que parezca nuestra sociedad en el presente, seguimos expuestos a los mensajes y discursos que replican posturas violentas, lo que significa que no estamos ni cerca de la verdadera paridad a la que muchas y muchos aspiramos llegar.

Los hombres no están exentos de las consecuencias de la violencia simbólica. Los roles de género también aplican para ellos y los empujan a vivir bajo la presión y represión de lo que significa no ser solo un hombre, sino el hombre. Muchos sufren más de lo que están dispuestos a reconocer; causa y consecuencia de lo mismo. No obstante, esa clase de problemas no igualan el castigo que se impone sobre el cuerpo de una mujer, aprisionado en un torbellino de reglas estéticas y de comportamiento que, incluso después de tantos siglos, no han aflojado mucho.

La máxima expresión de esto son los concursos de belleza. Fijémonos en el cuadro: un grupo de chicas de apariencia joven, de pelo sedoso y dientes blancos y alineados, de piernas y cuellos largos, que siguen regímenes de alimentación y ejercicio en extremo estrictos para conseguir la cintura que tienen y la tonificación que ostentan. Todas compiten para demostrarle a un puñado de jueces que su apariencia es merecedora de un título distintivo, a través de una larga exposición del cuerpo en distintas situaciones (que se intenta complementar con la valoración de atributos no físicos), entre ellas, obvio, una pasarela en traje de baño.

Es fácil pensar que estos certámenes ocurren de forma inocente, que no hieren a nadie, que al final ganamos todos porque siempre es entretenido sentarse junto con la familia a verlos en televisión, pero su contenido es más dañino de lo que aparenta. En concursos de belleza como Miss Universo, lo que se promociona es la imagen de una mujer irreal —o, al menos, sumamente escasa—, enaltecida por su rostro y su cuerpo, vendida como objeto sexualizado que enmascara con su sonrisa perfecta el sufrimiento que tuvo que pasar para estar ahí, parada en tacones.

Más aún, se las impone como representantes del aparente atractivo de una nación, como si el mundo no fuera el sitio tan diverso que es incluso dentro de sus fronteras. Y aunque fuera posible declarar una ganadora que amerite un título universal, me resulta gracioso pensar siquiera que la belleza se intente medir. Es fácil pensar que estos certámenes no hieren a nadie, pero no hay que olvidar a la finalista colombiana de Miss Universo 2015, que por un momento lo tuvo todo y luego ese todo le fue retirado de la cabeza. Ella sí que no salió ilesa de esta. 

No se puede luchar contra la violencia simbólica así como así, sobre todo porque se asienta en un desarrollo histórico imposible de ignorar. Ha marcado el proceso de formación de las comunidades y por muchos años ha dado sentido a nuestras interacciones. Está bien arraigada a la educación, a la legislación, a la economía, a la ética. Nos hemos entendido desde su marco por mucho tiempo y aún nos queda rato bajo su sombra, pero no debemos pasar por alto que los pequeños cambios a largo plazo hacen la diferencia. El papel de la mujer tanto en los medios de comunicación como en cada uno de los espacios que ocupa en la vida cotidiana se ha transformado y seguirá transformándose. Nos encaminamos al logro de una vida digna y segura para todas y todos, y el thank you, next  que están por recibir los concursos de belleza es prueba suficiente.


Referencia:
El Financiero (5 de febrero de 2021). Adiós, recursos a concursos de belleza: aprueban reforma que los califica como violencia simbólica. El Financiero. Recuperado de https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/adios-recursos-a-concursos-de-belleza-aprueban-reforma-que-los-califica-como-violencia-simbolica

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