Tulpa

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1

Como caminar en medio de una tormenta de nieve cuyos copos forman un muro, un velo más denso que el velo de maya. Como cuando, en medio de la tormenta, no puede distinguirse nada. Hasta que poco a poco se asoma, casi como un espejismo, una tienda de nómadas. Se grita entonces o lo! para alertar a los ocupantes y lograr que amarren sus mastines. Con buena suerte, se obtiene un refugio para la noche.

Como cuando se sube una montaña y la cima está oculta (igual que la verdad) por promontorios que se retuercen hacia el azul del cielo. Paulatinamente se empieza a vislumbrar la altura buscada y los lentos pasos, y las lentas respiraciones, conducen hasta el punto donde se contemplará el mundo como lo contemplan las águilas o los boddhisattvas.

Así fue como, en la reclusión y el retiro de su tsams, Alexandra avanzó pausadamente hacia la visualización buscada. Cada meditación estaba asediada por la nevada del pensamiento, cubierta por los promontorios de la mente, que ocultaban el tulpa buscado. Sin embargo, a través de la concentración y la perseverancia, ella consiguió mirar al monje ante sí. Su raída túnica color anaranjado. Su rosario de plegarias. Su cabeza rapada. Su complexión rolliza. Su rostro de facciones tranquilas y bondadosas. Le recordaba, acaso, al fraile Tuck de las leyendas de Robin Hood que había leído en su infancia.

Las meditacione solitarias en el tsams duraron meses. Cada vez los rasgos del tulpa eran más claros. Cada vez era más fácil visualizarlo. Cada vez la nieve y los promontorios se tornaban obstáculos más leves, ellos mismos ahora vueltos espejismos.

Después vino la traslación superlativa: el monje regordete apareció frente a los ojos de la ermitaña cuando éstos se hallaban abiertos, cuando ella no estaba meditando. Las historias, las leyendas, las enseñanzas que había recabado a través de sus exploraciones por el País de la Nieve habían resultado ciertas. El monje Tuck empezó a compartir el tsams con Alexandra, a beber té sentado apaciblemente junto a ella, a acompañarla en sus ejercicios místicos diarios, a mirar el amanecer y el atardecer con ella.

Más adelante, fue menester abandonar el retiro y empezar de nuevo la travesía a la usanza de los nómadas. De la ermita de paredes de piedra pasó a la tienda de tela. De cabalgar a lomos de la rutina ascética pasó a montar cada día a caballo en su caravana. Tuck la acompañaba, caminando silencioso junto a los sirvientes y las bestias de carga. Alguna vez, en el camino, sintió el roce de la túnica de su tulpa, e incluso el contacto de su mano. La proyección mental había superado la realidad visible y había cobrado tangibilidad.

Una tarde, uno de los sirvientes entró en la tienda de la viajera e hizo una reverencia ante el visitante que estaba tomando té junto con ella. Alexandra quedó atónita, pues aquello implicaba que Tuck era ahora visible para otras personas, y no sólo pare ella misma. El fenómeno no volvió a repetirse, pero el monje siguió acompañándola en su peregrinar a través de valles y pasos montañosos.

Hasta que la creadora empezó a notar, como años después lo contaría en uno de sus libros, que el tulpa mostraba un nuevo semblante, ya no amable, sino travieso, o incluso desdeñoso y, potencialmente, malvado.

Fue preciso matar a la creación. No matarla, tal vez, sino disolverla en las aguas de la mente de las cuales había brotado.

El proceso fue arduo, como lo había sido la generación misma. Implicó largas meditaciones, que también duraron meses. Bajar ahora de la cima de la montaña, alejarse del refugio de los nómadas en medio de la tormenta de nieve. Desandar el camino andado. Visualizar con ahínco la desintegración paulatina de aquel ser para proteger al mundo de su creciente autonomía y de las posibilidades funestas de un libre albedrío orientado hacia la oscuridad.

Finalmente, Alexandra pudo desvanecer al tulpa Tuck. Sólo quedó de él el recuerdo, que se llevó al volver a Europa y plasmó en uno de sus testimonios escritos acerca de las prácticas místicas tibetanas.

 

2

El discípulo estaba lleno de miedo. Seguía las instrucciones de su maestro, el naljorpa anacoreta, al pie de la letra, pero temblaba en cada etapa del proceso. Imaginaba, de acuerdo con lo prescrito por el sabio, cada detalle del furioso y terrible yidam Vajrakilaya. Trazaba en sus meditaciones las tres cabezas, la piel cerúlea, los seis brazos robustos, las alas, las llamas. Siempre se detenía al llegar a los seis ojos desorbitados y a las tres bocas de colmillos amenazantes. Finalmente, un día tuvo en la mente la imagen nítida de la deidad. Nunca había sentido tanto terror, pero perseveró en la tarea, en esa ocasión y en las innumerables meditaciones posteriores.

A la postre, Vajrakilaya llegó a estar presente en la cueva del discípulo, fuera de su mente. El dios accedió a proteger a quien lo había invocado y empezó a acompañarlo a todas partes, recibiendo cada mañana y cada noche las ofrendas convenientes a cambio del favor concedido.

El naljorpa aprobó con su acostumbrado laconismo el progreso del joven, a cuyas espaldas vio en más de una ocasión la terrible figura invocada a través del arduo ejercicio mental y espiritual.

Pasaron los años y, así como crece la escarcha en la hierba matinal, empezó a crecer la duda en la conciencia del invocador. Llegó un punto en que la sombra interrogativa fue tan grande que el discípulo no pudo sino comunicársela al naljorpa, quien con una risa desdeñosa, hizo ver a su interlocutor que, en efecto, la imagen de Vajrakilaya no era sino una proyección de la imaginación acendrada a través del afán meditativo, así como, en el fondo, la totalidad de los fenómenos del universo eran un rosario de causas y efectos engarzados e interdependientes, de suerte que todo era únicamente una ilusión, a la que subyacía el más profundo vacío.

Muchos gurus habrían detenido en ese punto la ejemplificación del carácter ilusorio de la realidad, pero este anacoreta decidió llevar a su discípulo más lejos. Le explicó cómo la materialización del yidam que había llevado a cabo era una sola instancia de infinitas posibles, ya que, puesto que todo provenía del velo de maya, el engaño de la mente podía dar pie a una cornucopia interminable de seres proyectados. Tal era el caso de los tulkus el Dalai Lama, el Tashi Lama y los demás altos dignatarios religiosos dejaban generación tras generación en la tierra, y que erróneamente eran interpretados por los no avezados como reencarnaciones. Tal era el caso de los ejércitos de fantasmas que el rey Gesar de Ling había conjurado para vencer a sus enemigos. Tal era el caso de los tulpas que los místicos y hechiceros creaban a placer.

Los ejercicios de concientización respecto a la irrealidad consistieron, a partir de ese punto, en una serie de creaciones de tulpas de las más variadas naturalezas. El discípulo visualizó y materializó plantas, animales y rocas. Creó montañas y ciudades. Trajo al teatro del mundo humanos, dioses y demonios.

Finalmente, el naljorpa le asignó el culmen de su entrenamiento: crear un tulpa capaz de crear un tulpa.             

 

3

Una vez que su creador lo liberó, el tulpa empezó a vagar por el País de la Nieve. Sabía cuál era su misión, pero esperaba que la forma exacta que su realización habría de tener se le presentara en medio de las meditaciones. Vivió en cuevas y en tsams. Fue nómada y comerciante. Se adscribió a un monasterio. Volvió a vagar, si bien conservó la cabeza rapada y la túnica anaranjada. Su vida cambiante y llena de vagabundeos lo privaba frecuentemente de una alimentación copiosa, además de que sus ejercicios ascéticos solían implicar ayunos que llegaban a durar días. No obstante, su creador le había dado una constitución robusta que nunca se tornaba magra.

Se hallaba retirado, una vez más, en un tsams cuando le llegó claramente la certeza de cómo cumpliría su misión. Se dedicó casi sin dormir ni comer a crear el tulpa que sería la obra de su vida, el tulpa para cuya materialización había sido traído al mundo por su propio creador.

Con los ojos cerrados, hora tras hora, día tras día, mes tras mes, se acercó poco a poco a la visión buscada. Andaba como abriéndose paso a través de una tormenta de nieve, que velaba su objetivo. Marchaba como hacia una elevada cima cubierta por escarpados promontorios.

Paulatinamente, logró visualizar los rasgos de la mujer. Nunca había visto a un extranjero, pero, con el concurso de poderes y conocimientos provenientes de fuentes misteriosas , consiguió trazar en su mente los rasgos de quella tulpa que parecía venida de allende la Gran Cordillera.

Más meses pasaron y, a través del esfuerzo y la concentración ininterrumpidos, el monje regordete pudo materializar a la mujer. Empezó a convinir con ella en el tsams. Se sentaban horas uno al lado del otro, tomando té y sonriendo sin pronunciar palabra.

Luego de que las silentes tertulias de la pareja de tulpas se hubieran prolongado por casi un año, el monje decidió lanzar a su creación al mundo. Para ese efecto obró una nueva creación: una serie de sirvientes y bestias de carga, que pudieran escoltar a la mujer a través de sus peregrinaciones, como ocurriría acaso con una extranjera real en el País de la Nieve.

El monje aún acompañó la caravana por algún tiempo, pero llegó el momento de despedirse de su creación. Cerca del final, sobrecogido por una leve tristeza ante la inminente separación, ensayó algún roce físico con su túnica o con su mano.

Finalmente, con una sonrisa ante el carácter irónico del mundo de la ilusión y de la ilusión del mundo (una sonrisa que podría haberse confundido acaso con un atisbo de malevolencia), insufló en su tulpa el convencimiento de que ella era quien lo había creado a él y de que era necesario destruirlo para evitar una posible rebeldía perniciosa.  

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