Un sueño

Un sueño

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No olvides las avenidas
ni tampoco las alcantarillas
la basura las ratas
los gatos callejeros con orejas suturadas
con sus dientes rotos y la luz del sol
que se desliza por sus colas como un manantial.
Los barrios duros rellenos de tipos y mujeres duras —de verdad—
Las balaceras.
9 de octubre Rumichaca
Calle Cuenca Avenida Anglicana
Cooperativas y otros solares
dentro de la cartografía fantasma
de una ciudad fantasma.
Los puentes rotos
y la mujer de un solo ojo
casi ciega
que te salvo la vida
veinte años atrás.
Dedos machacados, vislumbre gutural.
Licor emancipado en tu pecho alejando el mal.
El roce de la daga,
cuando niño eras la clarividencia, el más allá.
No olvides la sonrisa fulminante
de ancianos abandonados por sus familias
acumulándose en grandes mansiones
con grandes cuartos blancos y vacíos. En la acera.
Los vasos de licor regándose en las alcantarillas.
Cualquiera puede hablar de dioses y musas, de heridas propias y mortales.
De ocasos como un sueño.
Un cuadro verde y luminoso
pintando tus ojos anacrónicos para darles vida.
La desesperanza la fe.
Los perros salvajes corriendo por callejones
con su saliva chorreando por sus hocicos llenos de pus.
Los bares Las peleas de bares.
Los cuchillos, mi amante.
Sus uñas replegadas arrancando el músculo esternocleidomastoideo, sí…
La luna, su luz fulgurante rompiendo
la ventana en mil pedazos cuando nadie confiaba en ti.
Las protestas El asesinato.
Los convoyes que pasaron uno a uno a la deriva
Buscando la muerte: dando vida a la muerte.

Cualquiera —escucha— cualquiera puede escribir y ser didacta. Cualquiera -escucha- cualquiera puede ser presidente, capataz, juez. Cualquiera —escucha— puede adentrarse en el bosque. Cualquiera —escucha— puede masticar el tabaco de la discordia y escupirlo cual veneno. Cualquiera —escucha— puede amar y su amor será eterno y tenaz como un cohete, así, con las costillas rotas, con el fruto en tus sesos, así, con la agonía tocando la puerta. Cualquiera —escucha— saborea la tragedia y vive para ella. Asemejando su vida al heroísmo oscuro de flechas y proyectiles pasando por su cuerpo. Amado santo del suicidio, danos potestad para no entregar las almas todavía. Cualquiera puede negar a dónde va y lo que hizo. Pero yo recordaré tu rostro cuando te hayas ido y observaré detenidamente esa cicatriz angular en tus dedos partidos. Sintiendo lo mismo que tú sentiste: el abandono, la pena. El desconcierto de una despedida. El fragmento de una memoria cobriza y acuática desmembrándose a velocidad de zancadas por el bosque. Tú me contaste de las lágrimas y de los animales. Tú sabias regresar al ocaso y perderte dentro y jamás volver. El camino al río y en qué lugar no pisar para hundirse. Tú encontraste el pino y la fruta madura. El floripondio primero. Cantaste con el diablo y observaste a la niña cruzar por el fuego bajo la lluvia de sangre que el quinto jinete dejaba a su paso. Observando la ventana y su horizonte. Las montañas. Cualquiera —escucha— puede quemar un cerdo y degollarlo y calibrar su carne. Amado santo del suicidio danos fuerza. Pero no retomaste camino. Te perdiste en la ciénaga. En el mar. Cruzaste el puente. Olvidaste por fin la infelicidad. Orejas Nanómetros Miseria Hambruna. Tu hijo y el sufrimiento. Esos ojos bellamente tristes y azulados que ahora él ostenta. Quiero embellecer a la misma daga que cortó tu vientre. El espectro y la forma. Eres el incendio. Una llama helada saliendo del cráter hueco que dejaste en mi corazón. Escucha, cualquiera sabe recordar y perdonar y seguir adelante. Dame la mano ahora. Los mil perdones. Amor mío. No hay nada que nos ate. Y cuando todos se alejen y se muevan hacia el norte, hacia el mar. Yo también perderé la memoria. Desgonzaré mi cuerpo.
Y me quedaré contigo.

Fotografía de Kalina Roque

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