Una carta de amor

Todo está en la forma de estructurar su mensaje. Todos tenemos, ya lo dijo Roman Jakobson, la capacidad poética del lenguaje dentro del uso del habla…

De cuando en cuando hay cosas que nos gusta considerar hitos en el entretenimiento o la cultura, y ya sea por motivos comerciales, nostálgicos, técnicos o artísticos, se nos da bastante bien encumbrarlas a través del boca a boca. He ahí, en la necesidad de pasar la voz sobre lo que nos gusta, el nacimiento de la reseña, la cual se afianza como un subgénero periodístico en el siglo XIX; sin embargo, como todo tipo de texto, no ha sido hasta la última década de nuestro naciente siglo XXI que la reseña se ha encontrado con su decadencia.

La época en la que todos tenemos una voz que puede reproducirse una y otra vez, ya sea escrita o hablada, ha hecho que por todas partes broten los ánimos reseñísticos de las personas, y aunque uno podría creer que eso nos beneficia a todos, estaría equivocado. Pero, al igual que la puerta negra, la reseña no es la culpable. El problema reside en aquella cosa con plumas que solemos llamar verdad, y que funciona como linde entre la reseña y la crítica.

Antes la reseña se estructuraba en la explicación de una opinión teniendo por medio a un objeto del cual hablaba, y la crítica se dedicaba al análisis de ese objeto en sus partes para poder explicarlo a partir del conocimiento sobre la materia. Ambos eran un acercamiento a la verdad por sus propios métodos, pero la palabra clave en esto es justamente acercamiento. Ni reseñas ni críticas eran verdades, porque la verdad está siempre en el gusto de la gente que se acerca al objeto y puede, pese a ver las grietas —muchas veces vistas gracias a las reseñas y críticas—, apreciarlo por lo que es.

Sin embargo, cuando florece la masificación casi pornográfica de reseñistas en todos los espacios posibilitados por la cultura del internet, poco a poco se gesta algo que podemos denominar como el hecho aparecido sin método, es decir, la opinión del reseñista ya no se estructura a partir de su experiencia con el objeto, sino que a partir del objeto establece un gusto y se apropia en ello de la verdad para poder esparcirla sólo circulando su razonamiento en el propio gusto, estableciendo entonces una división con aquellos que se dedican a la crítica, acuñando incluso llegando una nomenclatura, usada frecuentemente en la actualidad, la de “crítica especializada”, que no es más que una iteración engañosa, pues la crítica por sí misma, en su labor primaria, ya era especializada, pero el reseñista empezó a usar dicha expresión para señalar que hay una separación entre lo que el poder dicta bajo sus motivos y lo que la verdad, una verdad que él posee, es para las personas de a pie.

Por supuesto, ese razonamiento sobre la crítica no es descabellado. Es evidente que por unas u otras la crítica ha tenido sus momentos de estar al servicio de intereses externos, pero afirmar que toda la crítica está bajo ese influjo sería lo mismo que afirmar que todo reseñista padece el mismo malestar, y no es así. Al igual que hay formas de darse cuenta de que la crítica está vendida a algo que no es el análisis sobre el objeto, las reseñas con ínfulas de críticas, basadas en el aire que ostentan como verdad, son identificables si prestamos un mínimo de atención.

Todo está en la forma de estructurar su mensaje. Todos tenemos, ya lo dijo Roman Jakobson, la capacidad poética del lenguaje dentro del uso del habla, y es a partir de ella que podemos identificar a quienes quieren poseer la verdad. Una buena crítica o reseña hace consideraciones sobre su objeto, argumenta claramente y usa las palabras más simples que pueda para explicar los conceptos técnicos que maneja, mientras que esos que buscan ser los dadores de una opinión con ínfulas de verdad suelen ser aseveradores, circundar en soliloquios sin un sustento y, sobre todo, metaforizar al objeto para rodearlo de un halo de superioridad afianzado en comparaciones vacías y repetitivas: “una carta de amor a…”, “una oda a…”, “un retrato de…”, “una joya…”.

Por supuesto, como ante los pecados, nadie está exento de caer en esos formulismos, pero para ello habría que cuestionarnos si la metáfora usada se explica en sí misma durante el argumento, con lo que estamos frente a un recurso estilístico, o si se usa con un fin reaccionario que no es seguido más que por un corte a otro argumento sin acabar el primero.

Llegando a este punto de mi texto, me he empezado a preguntar por qué me importa tanto este tema. Tengo varias opciones al responderme. Me preocupa que alguien que recibe una opinión sesgada —que se quiere erigir como verdad— pueda verse nublado por reacción a esos comentarios y ver afectado su trabajo, sea bueno o malo; al mismo tiempo, me preocupa que la gente se encuentra defendiendo la opinión de otros sólo porque esos otros suenan bastante convincentes y tienen fama, aunque adolezcan de criterio.  Y de esos dos razonamientos parten muchos más que podrían ser la respuesta. Porque es algo que, finalmente, no afecta únicamente al entretenimiento, éste es sólo uno de los síntomas que padecemos como sociedad, ya que en todos los aspectos de la vida podemos encontrar a quienes pretenden que sus opiniones sean verdad. Aunque quizá sea algo más sencillo, quizá es nada más que una amalgama de todo lo que acarrea ese problema y que este texto no es otra cosa que mi carta de amor a todos los que buscan vestir sus opiniones de verdad.  

 

Please follow and like us:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *