Una mañana en el distrito Kangdong

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Ming Jeong-jun despertó antes que el sol, corrió las cortinas y suspiró. En los altavoces sonaba la voz del Gran Dirigente, pero la calle estaba desierta y los sauces se mecían a merced de una brisa fría y violenta. Su madre fingía dormir en la habitación contigua. En silencio, Ming hirvió agua y bebió té.

Partió hacia la universidad poco después. Mientras pedaleaba pensó en su padre, el desertor. No volvería a verlo, pero se alegró por él.

La luz del semáforo le ordenó que se detuviera. Evitó alzar la mirada, pero reconoció la grava y el sendero. Ming sintió un aleteo en el pecho; vio hacia atrás, pero nadie la seguía.

Era una mañana común y corriente en la ciudad. Ming continuó su camino. El campo de reeducación #4 se alzaba soberbio e impaciente, sobre la colina, como una mariposa negra.

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