Cuento Cyberpunk 

Viaje a la luna

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Los tubos hacían un ruido aterrador cuando el vapor pasaba dentro de ellos. Era como el rugido de un animal rabioso a punto de atacar. Itzel apretó un poco más la mano de su madre quien, al notarlo, se giró un momento y le dedicó una de sus cálidas sonrisas. Ese gesto quería decir muchas cosas, bien podía significar “no te preocupes”, “aquí estoy” o “todo va a salir bien”. Itzel, sin embargo, conocía bien a su madre, y cuando le sonreía de ese modo significaba que ella también tenía miedo.

Caminaban juntas por un pasillo que parecía ser eterno. Una maraña de tubos y cables se extendía por ambas paredes, como si una enorme araña robótica hubiera tejido aquella trampa esperando que alguien quedara atrapado. El sonido metálico de sus pasos acompañaba los quejidos de las tuberías y el rumor vibrante de la electricidad que corría por lo cables. Por lo que le había dicho su madre, tardarían otra media hora en llegar a las plataformas de abordaje. La madre de Itzel era una mujer de carácter fuerte, con una nariz afilada y un rostro en forma de corazón. Tenía algunas arrugas que le daban un toque demasiado serio a su rostro, aunque siempre era el alma de la fiesta cuando ocurrían las celebraciones anuales allá en su pueblo; claro, que ahora cada vez tenían menos razones para festejar. Itzel siempre se sentía como una niña cuando pensaba en la dureza del rostro de su madre, en comparación, ella seguía siendo un polluelo que daba brinquitos pretendiendo que sabe volar. En estricto sentido, Itzel sí que era una niña, pues apenas había cumplido los catorce años, hecho que no hacía menos molesto aquel sentimiento.

Los pies de Itzel la estaban matando. Llevaban más de un mes con el mismo ritmo al caminar, con una prisa que no alcanzaba a comprender, como si alguien las estuviera siguiendo desde que dejaron el pueblo hacía tanto tiempo atrás. Se la pasaban viajando en vehículos destartalados, repletos de gente que ella desconocía, y durmiendo en hostales baratos. A veces se encontraba a sí misma pensando en todas esas personas, algunas no parecían preparadas para un viaje como el de ellas, algunas de esas personas sólo llevaban un par de bolsas de plástico y botes llenos de agua. Apenas con el equipaje necesario. Todo para llegar lo antes posible a las grandes naves espaciales que despegarían ese mismo día. Itzel todavía recordaba la impresión que le dio su madre cuando llegó un día con los boletos para el abordaje. Según lo que ella sabía eran demasiado caros y, aunque se tuviera el dinero suficiente, eran difíciles de conseguir. “¿Estás bien? Ya casi llegamos”. La voz de su madre la arrancó de sus recuerdos. Sintiéndose apenada se concentró de nuevo en el presente, como bien decía su abuela: a lo pasado, pisado. Sin embargo, aún seguía con dudas respecto a todo lo que estaban haciendo y no se le ocurría mejor momento para resolverlas.

“Mamá”, dijo con voz queda. “¿Sí, hija?”. “¿Por qué tenemos que irnos? ¿No estabas feliz en el pueblo?”. Su madre no respondió inmediatamente, en sus finos rasgos Itzel pudo ver una mueca disimulada, como si algo le doliera y tratara de ocultárselo. “Sí… era feliz allá, hija. Con tus abuelos y tus tíos, pero la cosa está muy complicada. El aire no es tan limpio como antes y ya no hay tanta agua. Por eso todos nos vamos a las colonias”. El silencio de su madre después de responder le advertía a Itzel que no iba a recibir más que eso. Bueno, pensó ella, al menos es más de lo que esperaba. La primera vez que se lo preguntó su madre se limitó a decirle que le hiciera caso.

El final del pasillo lleno de tuberías apareció a unos cuantos metros frente a ellas. Su madre la llevó casi a rastras mientras emprendía una carrera hasta la puerta de metal. Cuando estuvieron frente a ella su madre la tomó de los hombros y la miró fijamente a los ojos. “Pase lo que pase, me tienes que prometer que te treparás a esa nave. ¿Entendiste, Itzel?”. “Pero… ¿qué va a pasar mamá? Ni creas que te dejo aquí abajo. Yo…”. No pudo terminar la frase porque su madre le puso un dedo sobre los labios. “Prométemelo, no sabemos qué puede pasar y la importante aquí eres tú. ¿Me entiendes?”. Itzel no estaba segura de lo que estaba sucediendo, la repentina seriedad de su madre la asustaba. No sabía lo que pensaba ella y el simple hecho de insinuar la posibilidad de viajar sin ella le heló la sangre. Pero no podía contradecirla, no cuando le clavaba esa mirada tan dura que podía partir la roca. “Está bien, pero no te separes de mí, mamá. ¿Me lo prometes tú también?”. Ella sonrío de nuevo y asintió sin decir nada.

“Al otro lado están las plataformas, vamos a entrar por aquí para saltarnos la cola. Tú tranquila que ya lo tengo todo planeado. Ponte tu pase en el cuello como acordamos”. Itzel hizo caso y se colgó el pase de un color metálico con unas franjas verdes en el cuello, así lo debían llevar para agilizar el proceso de abordaje. Los soldados encargados de todo simplemente escaneaban el código del pase con sus máquinas y dejaban pasar a la gente. Itzel había escuchado historias de gente que llevaba pases falsos y que trataban de subir a toda costa en las naves. Muchas de esas personas morían aplastadas por otros o por los disparos de los soldados. Se le erizó la piel de los brazos al pensar en que algo así ocurriera cuando ellas pasaran, pero respiró hondo y mantuvo la calma por su madre. Itzel la miró y ella preguntó: “¿Lista?”. Asintió y cruzaron al otro lado. Todo sucedió con normalidad: la gente caminaba en fila y ellas se lograron incorporar sin problemas. Avanzaron en silencio mientras los soldados montaban guardia a los lados con las caras serias. Algunas personas trataban de mirar a todos lados menos hacia ellos, como si ignorarles hiciera todo menos terrorífico. Itzel llegó con el guardia que escaneaba los pases, justo al frente de la plataforma que las llevaría hasta las naves. Ella pasó sin problemas y, sin darse cuenta, exhaló una bocanada de aire. Un pitido agudo detrás de ella llamó su atención. La mirada aterrada de su madre, unos gritos, gente empujándose, los soldados corriendo a apresarla. Todo sucedió en un segundo. Alguien o algo la jaló hacia dentro de la plataforma mientras los soldados se llevaban a su madre. Ella gritaba algo que no alcanzó a escuchar. Su rostro parecía aliviado, casi contento. Las puertas se cerraron a unos centímetros de su cara y el silencio se hizo presente.

Itzel seguía mirando las puertas de acero, aún mucho tiempo después de que se hubieran cerrado. Sentía un nudo en la garganta, tenía ganas de gritar, de llorar, de romperlo todo. En su lugar, estaba de pie sin hacer el menor ruido. Desde una pantalla, la imagen de un hombre en traje exponía las maravillas del progreso científico, explicaba lo afortunados que eran todos ellos de poder presenciar el siguiente paso de la humanidad y la nueva vida en las colonias lunares: libres de la escasez en la tierra. Pero Itzel no se sentía afortunada, no entendía a qué progreso se refería el hombre del traje. Ella sólo sabía que acababa de perder a su madre.

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One thought on “Viaje a la luna

  1. La realidad brutal de un futuro no muy lejano sin obviar la importancia de las emociones que pase lo que pase, habrán de seguir haciéndonos humanos. Felicidades!!

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