Ximena Ruiz Rabasa, El grito de un hombre

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Ximena Ruiz Rabasa, El grito de un hombre, México, Terracota, 2008, 64 pp.

No practico la crítica literaria, pero como lector ejerzo mi derecho a dar mi opinión.

Lo compré en una librería de viejo en el centro de Querétaro. El contexto es innecesario, pero me sirve para fortalecer mi nostalgia por las ferias de libros, que espero regresen pronto. Este libro se presenta como una “compilación” de “cuentos”, aunque luego se les dice “relatos”, que “trastocan la lógica racionalista”. Sabrá diosa nuestra señora lo que el editor quiso decir con eso en la cuarta de forros. Hay una clara diferencia entre cuentos y relatos, que no voy a explicar, creo que se ve en la secundaria.

Desde mi punto de vista, Ruiz Rabasa incluye minificciones (13) y cuentos (2). La mitad de las historias me parecen sensatas, literarias, la otra parte de ninguna forma. Mis siete favoritos son, ¡qué importa! Te regalo mi lectura del libro, a ver si te sirve de algo. Esta pequeña obra es interesante para comentar sobre el tema de la literatura breve, en especial de la minificción, que en los últimos años se ha vuelto cada vez más popular, especialmente en el mercado mexicano.

Sirva, pues, este “grito” para recordar las características del género, misteriosamente presentes aquí. Hay paradojas, referencias a la cotidianidad, humor, giros narrativos, comparaciones evidentes, juegos de palabras (Las matemáticas), sobreentendidos, títulos claros, lenguaje culto, algo de prosa poética, límites hacia absurdo, metatextualidad (Confirmación, Hambre), intertextualidad (a Homero, a Helena de Creta) y algo de historia de México, ¿por qué no? (¡Ponme la bala entre las cejas!). Eso, además de la evidente brevedad de los textos, de seis renglones el más chico.

Algunos son fáciles de leer, como el de la mujer enamorada del pollero del barrio o el casi poema en prosa de la enamorada antojadiza de Hambre. Otros se pierden en la experimentación del lenguaje, hasta la anfibología, como En el zoológico y Satisfecha. Sin embargo, en Confusión hay una propuesta, poco original pero bien lograda, cuando la escritora escribe de una escritora que escribe; aquí la narración es honesta, se escucha la voz de una mujer intensa, que nos dice, por ejemplo, que “Construir historias desdobla el alma” y que “Quien censura, cava tumba a la imaginación” (p. 27).

En general, hay mucha descripción, poca acción, aunque es parte de su estilo. El único acierto de ello es que logra acercar al lector a los personajes, casi hasta rozarles la cara, como en el caso del señor pollero, tan bello y atento. Rescato, sin duda, el último cuento, que es como una matrioska: bien hecho, cae plácidamente en el absurdo, confunde, pero mantiene la tensión narrativa. El recurso no sorprende (un personaje que descubre el diario de su abuelo), pero su ejecución sí, en especial por lo cálido que resulta leerlo, su lenguaje bien empleado y su verosimilitud. Mientras el viejo va perdiendo la razón, el cuento va disipando su estructura, se desmorona al mismo ritmo que el cerebro del abuelo de Sebastián.

Como una casualidad o un guiño a El Aleph de Borges, se menciona la ciudad de Querétaro (p. 51), donde yo vivo, aunque aquí de forma gratuita y banal. Convendría que lo leyeras, por su inmediatez, su facilidad y para ver si miento en mi apreciación del mismo. Es, como quiera que sea, un libro que puede leer cualquier persona que no tenga tiempo de leer y eso sí es una virtud, porque puedes terminarlo rápido. Muchas gracias.

 

 

 

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