¿Y si el mundo es sombrío?

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Los dos primeros brotes fueron nacionalmente conocidos, pero intencionalmente ignorados, causaron impacto, pero pasaron como tragedias terribles, aunque no extrañas. Después de todo, el país cruzaba por una gran crisis económica y su territorio hacía mucho que era calificado como “en extremo peligroso”. Nadie preguntó ni se interesó en saber el porqué de estos crueles homicidios, después de todo los asesinos no eran más que niños y la violencia sucedía con tal frecuencia que conmocionarse era cosa de ingenuos. Sin embargo, no tardarían en darse cuenta que estos dos aislados eventos traerían una catástrofe sin precedentes. Algo devastador.  

Adrián había crecido en un mundo lleno de sucesos como estos, todas las mañanas encendía el televisor y veía el noticiero antes de irse a la universidad, la inquietud que le provocaba ver todos esos reportajes llenos de crueldad se esfumaba en cuanto pisaba la acera, entonces su mente pensaba en cosas más productivas, como sus clases y lo que haría en su tiempo libre. Ese día el autobús lo había dejado y tendría que caminar varias cuadras para poder llegar a la facultad. La ciudad despedía un olor un tanto húmedo, los olores de la metrópoli se mezclaban más que de costumbre y como resultado, el aire apestaba a podredumbre, casi a muerte. Anduvo algunos minutos con la cabeza gacha, apenas respirando ese contaminado aire, metido en sus pensamientos. De repente un grito de auxilio lo hizo levantar la cabeza de golpe y abrazar instintivamente su mochila. Aunque sabía que debía detenerse, o mucho mejor, dar media vuelta y huir de ahí a todo correr…, no lo hizo. Sus pies siguieron caminando y lo llevaron a observar en primera fila la primera escena de la mañana: un secuestro en toda regla. Una anciana y una joven, dos hombres, y un arma entre las víctimas y los victimarios. El futuro de esas dos mujeres ya estaba escrito, intentar salvarlas no serviría. Dio media vuelta y se alejó en silencio, de todas maneras, no quería ayudarlas y en el fondo agradecía que ese horrible destino perteneciera a ellas y no a él.

Aquel pequeño incidente, ese insignificante y desagradable tropiezo por la mañana, en nada se compararía con los próximos eventos. 

No volvió a pensar en las dos mujeres hasta que tuvo que detenerse debido a una aglomeración, todos tratando de ver más allá de la fila de policías que bloqueaba el paso.  De otro lado de la barrera policial se encontraba una estación de metro, si mal no recordaba.

 — Asesinatos… — dijo un hombre, unas semanas atrás en esa misma estación habían matado a cinco hombres en un vagón. Otra posibilidad. Y juzgando la cantidad de crímenes recientes ocurridos en la ciudad, no sonaban tan descabellado.

Varios asintieron, pero no era la única teoría que corría por el grupo. 

— ¡Secuestros…! — chilló una chica, provocando un respingo colectivo. 

Se alejó de la multitud y fue a sentarse a la acera. Desde el incidente con esos dos niños asesinos, los citadinos estaban más nerviosos que antes, que uno de los casos haya tomado lugar en la ciudad no les caía nada bien. Especialmente porque el muchacho que mató a dos familias parecía un niño normal, no destacaba en nada, no era excesivamente callado, pero tampoco era alguien muy sociable; simplemente ese chico era uno más del montón. Desde esos horribles sucesos ya habían transcurrido tres años, aunque a muchos seguía preocupándoles que volvieran a repetirse, que uno de sus niños perdiera la cabeza de pronto y los masacrará a sangre fría. Apenas acababa de levantarse para tomar otra calle cuando un estallido ensordecedor y una fuerza desconocida lo mandaron de nuevo al suelo, cayó sobre la mochila y el compás se le clavó en la carne. En el segundo que tardó en recuperarse toda la curiosidad se transformó en completo caos y los gritos ni llantos se hicieron esperar. No tuvo tiempo de levantarse y huir, apenas alcanzó a hacerse un ovillo antes que varios pies pasarán sobre él. Y la oscuridad bañó su campo de visión, perdió el conocimiento.

Un grito lejano, seguido por otro, y uno más… La piel se le erizó y antes de darse cuenta ya se encontraba corriendo en sentido contrario a donde venían los gritos. Tenía miedo, las calles estaban desiertas y los coches abandonados con las puertas abiertas, incluso los edificios parecían estar vacíos. Ahora todo se veía desolado, todos habían huido, dejándolo solo y al alcance de quien sabe qué. A pesar del agonizante dolor que le recorría el cuerpo a cada paso, no dejó de correr, ni siquiera disminuyó el paso. No sabía cómo, pero estaba seguro que algo se aproximaba, y que si vacilaba, ninguna súplica le serviría para salvar su vida.  

A los gritos provenientes de quién sabe dónde se le unieron algunas risas descontroladas, las risas hicieron eco, el espeluznante sonido rebotó entre los edificios vacíos y por un momento recordó las risas de las hienas en los documentales que su padre veía todos los domingos. Arrojó su mochila y empezó a correr más rápido, sí las risas lo alcanzaban, seguramente seria mucho peor que ser atrapado por los gritos. Cruzó a toda prisa unas cuantas calles antes de resbalar a causa de la lluvia, varias capas de piel desaparecieron de sus rodillas y codos. El dolor hizo que la cabeza le diera vueltas y que se revolviera el estómago, pegó la frente en el asfalto y aspiró varias bocanadas de ese contaminado aire. 

— ¡Me quema…! ¡Me quema…! — sollozó un tipo, devolviendo a Adrián de golpe al presente. Los lamentos del hombre se transformaron en gimoteos lastimosos mientras se mecía sobre los talones. 

No sabía qué había ocurrido ni por qué, pero tampoco tenía cabeza para preguntárselo, quizá sí hubo un ataque y la policía evacuó la colonia, tal vez incluso toda la ciudad. Justo cuando pensaba salir y ayudarle, el tipo levantó los brazos y empezó a manotear sin control. 

— ¡Me quemo! ¡¿Qué no ves que me quemas?! — estalló en gritos desesperados, tan desesperados que Adrián temió que lo viera y se lanzara contra él —. ¡Dios, me quemo! ¡Me quemo! ¡Me estás quemando! ¡Aléjate, déjame! 

Por su expresión de verdad parecía estar ardiendo en llamas, los ojos giraban enloquecidos en sus cuencas y la boca se contorsionaba en muecas de verdad aterradoras. Pero lo único alrededor del tipo era la espesa neblina y eso no tenía nada de extraño. Entonces se le ocurrió una disparatada idea, y los gestos llenos del dolor y las desesperadas gesticulaciones del hombre le dieron seriedad a su teoría, planteándose como una posibilidad. ¿Puede el hombre… el hombre sentir que la neblina lo quema en verdad? ¿Cómo el vapor caliente de un gran fuego?, imposible.

— ¡Me está quemando! — seguía gritando el hombre y el volumen de su voz no dejaba de ir en ascenso — ¡Madre, me quema! ¡Papá, papá…!

Al llamado de su padre respondieron las agudas risas de antes, seguidas por los desgarradores gritos. No podía permanecer más tiempo escondido, tal vez el hombre no fuera peligroso, pero estaba seguro que los gritos y risas sí que lo eran. Salió de su escondite y nuevamente echó a correr, tal vez si llegaba al centro de la ciudad podría salvarse…  No volvió a detenerse ni siquiera para recuperar el aliento, se topó con unas cuantas personas, pero una segunda mirada era suficiente para que recuperará las fuerzas y acelerará el paso. Le tomó más de una hora llegar a los límites del centro de la ciudad, sin embargo, no tardó en desear no haberlo hecho. De su amada ciudad ya no quedaba nada, las calles y los autos en ellas ardían cual hogueras; los cristales de las grandes tiendas habían desaparecido y cientos de prendas bañaban las aceras; había manchas rojas por doquier, era como observar una de esas extrañas e incomprensibles pinturas del arte moderno. Y eso no era lo peor, lo peor era la bizarra película que se desarrollaba en torno suyo. No se había equivocado al pensar que la zona seguía poblada, aunque también deseó haberse equivocado en eso.

Una mujer desnuda bailaba una estrafalaria danza sobre un puñado de vidrios rotos y la carne de sus pies era ya una masa deforme llena de sangre; una joven poco mayor que Adrian corría en cuatro patas de aquí para allá arrastrando una sábana blanca con la boca, la sábana estaba bañada en sangre y restos de cuero cabelludo; un hombre peleaba con otro mientras le gruñía y enseñaba los dientes como si fuera un perro rabioso. Niños, viejos, adultos y la arrogancia de los adolescentes, todo esto mezclado perfectamente en aquel espeluznante escenario. La neblina y el humo conformaban una espesa cortina grisácea que envolvía todo, a las personas les daba un halo escalofriante y al aire un olor repulsivo. 

— ¡Vienen…! — el grito de una mujer lo hizo despertar de su letargo —. ¡Vienen, señores, vienen y nos devoraran!¡Recuerden el libro de las revelaciones! — alzó unas manos carentes de dedos, sus labios ensangrentados se curvaron en una mueca parecida a una sonrisa y echó la cabeza atrás. Parecía una retorcida imitación del cristo en la cruz.

— ¿Libro de las revelaciones? — murmuró Adrián, aún conmocionado por todo lo que veían sus ojos.

— Muchacho, el fin de los tiempos — los brazos de la mujer empezaron a temblar sin control y recitó lo siguiente: —. “¡Cuando oigan hablar de guerras, próximas o lejanas, no tengan miedo; es necesario que esto ocurra! ¡Los pueblos lucharán los unos contra los otros, un reino contra otro reino! ¡Habrá carestías y terremotos en muchas regiones! ¡Todo esto será sólo el inicio de sufrimientos mayores!”.

El apocalipsis, pensó retrocediendo lejos de ella. Estaba claro que la mujer no estaba bien, sus ojos y la locura en ellos no dejaban lugar a dudas. Giró en redondo y volvió sobre sus pasos a todo correr, a pesar de todo lo que había visto y del caos que dominaba la ciudad, Adrián no creía que el fin del mundo los hubiera alcanzado como proclamaban las profecías. Aunque todo lo que estaba pasando le recordó a su padre, un importante psicólogo graduado con honores y prestigioso miembro de su profesión. 

— El contagio masivo puede ocasionar catástrofes… — jadeó a causa de la carrera, ya no se fijaba por donde iba, ahora que ya entendía lo que estaba pasando, no podía detenerse —. No hay cura, no hay diagnóstico. Provocada por el estrés extremo y propagada por el miedo.

Su padre siempre creyó que este fenómeno podría alcanzarlos algún día, traído por el temor y la inseguridad en que vivía la sociedad. Con la gente viviendo por largo tiempo entre la espada y la pared, incapaz de liberarse, un colapso mental no le sonó tan loco.

Un fenómeno psicológico que se propaga en cuestión de segundos y cuyo contagio es instantáneo, donde los afectados creen estar en peligro o sufriendo una amenaza; por supuesto que todo es imaginario. Histeria colectiva, eso dijo su padre. ¿Él acabaría igual que el tipo temeroso de la neblina? ¿Perdería el juicio y correría en cuatro patas como un perro, ladrando y gruñendo? No quería terminar enloqueciendo y recordó que entrar en pánico solamente provocaría que perdiera la cabeza, justo como les había sucedido a todos en la ciudad; todos arrastrados por sus miedos, caídos presos de la locura. ¿Desde cuándo comenzó eso? ¿Qué lo había desencadenado? Algo tuvo que provocar que los nervios y el miedo reprimido de la gente estallaran. Los niños, pensó de pronto en plena carrera, los niños de hace tres años… Los dos habían matado a sus familias sin una verdadera razón, simplemente habían perdido la cabeza de la noche a la mañana, dando inicio a una sangrienta masacre. Ese había sido el primer brote, dos niños fuera de sí. Los primeros casos habían ocurrido tres años antes y nadie vio el peligro, siguieron con sus vidas mientras la histeria colectiva los invadía lentamente hasta por fin estallar esa mañana. 

Su única oportunidad para sobrevivir era alejarse de la cuidad, evitar las masas, no caer en pánico. Sí se quedaba, tarde o temprano estaría acabado. Y como si supieran lo que estaba pensando, las risas y los gritos estallaron desde todas direcciones. Palideció a pesar de estar corriendo, su sangre se congeló y un terrible miedo le estrujó el corazón. Estaban aproximándose rápidamente, si llegaban a alcanzarlo lo devorarían, justo como la mujer había dicho. Adrián era hijo de un importante psicólogo, estudiaba medicina y conocía perfectamente el fenómeno que dominaba su ciudad; sin embargo, nada de esto evitó que de repente sintiera que la neblina matutina invadía su sistema respiratorio, quemado su garganta y provocando ardor en la piel de sus brazos.

 

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